La imagen que ilustra este artículo te puede parecer excesiva, pero ilustra bastante bien lo que muchas personas nos hacemos a nosotras mismas continuamente. Nos gritamos, nos regañamos, nos hablamos con reproche y enfado cuando no conseguimos lo que nos habíamos marcado. Nos exigimos más allá del límite de nuestras fuerzas. Y cuando hacemos algo bien, obtenemos sólo un ligero reconocimiento de nuestra voz interior: “Psché, no está mal pero tampoco es para tanto. 

Este comportamiento tiene un nombre y se llama autoexigencia.

¿Y qué es la autoexigencia? Para mí, es una verdadera lacra entre la mayoría de las personas que conozco (diría que especialmente para las mujeres, pero no es exclusivo de nosotras). Exigirnos sin medida nos amarga la vida, nos sumerge en un estado de abatimiento perpetuo y nos impide celebrar los logros personales y las pequeñas alegrías del día a día.

Cuando una persona se exige ferozmente NUNCA ES SUFICIENTE. Nunca. Siempre hay algo que podría haberse hecho mejor,  un mejor trabajo, un mejor traje, unas mejores vacaciones, una pareja mejor, unos hijos mejores (lo que sea que pueda significar esto).

Cuando nunca es suficiente, no sólo es imposible disfrutar plenamente del presente sino que se vive con esa nostalgia extraña de que hay una situación que anhelamos a la que no llegaremos jamás, a pesar de todos nuestros esfuerzos. Nunca seremos lo suficientemente felices. El paraíso nos está prohibido. La satisfacción vital no existe en su totalidad.

 

Andrés es una de estas personas con alta autoexigencia. Se pone metas y objetivos ambiciosos (personales, laborales, deportivos) continuamente y cuando consigue uno de ellos, en vez de pensar “uau, qué bien, lo he conseguido” se dice “bueno va, está bien… pero este era mi trabajo, ¿qué es lo siguiente?“. Y así en bucle, siempre más, y más, y más…

Exigencia excesiva

“¿Eso es todo? ¿No sabes hacerlo mejor?”

 

La culpabilidad perpetua es la preocupación de Rosalía. Hace su aparición y lo inunda todo cuando un día Rosalía baja su rendimiento o está cansada (como un látigo, le dice “¡no pares! ¿qué haces?”). No obstante, cuando sí tiene un día productivo esta culpabilidad chasquea la lengua y dice severamente: “bueno, hoy ha estado bien, pero es que así debería de ser todos los días

Luego está Héctor, que si le preguntas qué ha hecho bien en su vida se quedará pensando largos minutos y al cabo de ese tiempo te dará una lista de tres cosas (con suerte), pero si le preguntas qué ha hecho mal… bueno… entonces te contará de carrerilla los mil y un errores que ha cometido.

Y por último tenemos a Paula que, por norma, nunca se da un premio o se felicita (es más, incluso el reconocimiento de otros le sonroja) tras haber terminado una tarea importante, incluso si ha obtenido resultados extraordinarios. Y es que ella piensa que “total, qué tontería eso de premiarse una misma, total sólo he cumplido con mi deber

Las personas exigentes se definen como vagas, perezosas, mediocres, indisciplinadas, infelices o fracasadas cuando tienen un mal día. Piensan erróneamente que sólo a ellas les pasa lo mismo. En su imaginación, ven a los demás trabajando como robots (clic, botón ON encendido) sin dudas, sin inseguridades, sin errores en su trabajo.

Por supuesto, cuando uno se repite a sí mismo durante varios días, varias semanas, varios años, que es un vago, un inútil, un fracasado, un depresivo o un indisciplinado, no es de extrañar que las cosas no mejoren con el tiempo, sino que vayan a peor. ¡Nada bueno puede salir del automaltrato, como es lógico! Sólo cada vez más y más evasión (que se suele reflejar en postergar tareas una y otra vez) para ver si se puede callar esta voz insidiosa por un rato.

Gesto de desaprobación y autoexigencia

 

Aparte de considerarse vagas e indisciplinadas cuando tienen un mal día, las personas autoexigentes cargan durante todo el tiempo con la sensación de que deberían hacer las cosas mejor de lo que les sale, y por ello no merecen un verdadero reconocimiento.

Realmente, si nos paramos a pensarlo, es un poco loco exigir constantemente que las cosas fueran de otra manera, en este caso a mejor. Las personas hacemos las cosas según nuestras capacidades, experiencias e inspiración del momento. Podemos perfeccionarnos para un futuro, claro que sí, pero ¿por qué algo debería ser distinto de lo que es?

En resumen, la autoexigencia sin tregua provoca que siempre queramos más, que nunca sea suficiente, y además que siempre estén a flor de piel los sentimientos de fracaso y culpabilidad cuando no cumplamos nuestras propias expectativas exageradas.  Visto así, es un panorama espeso y horrible, entonces, te preguntarás ¿qué hacer?

¿Cómo salir de este círculo vicioso de autoexigencia, culpa e insatisfacción?

Te propongo cuatro ideas que pueden ayudarte a reflexionar, cambiar tu actitud y comenzar a actuar de otra manera. Hasta aquí, el problema. A partir de aquí, parte de la solución 🙂

 

Punto número 1: Pon nombre a lo que sientes

En primer lugar, es imprescindible darte cuenta y tomar conciencia de qué es lo que está sucediendo. Lee los ejemplos que he puesto más arriba o piensa en otras situaciones de tu día a día, y verifica si realmente eres una persona demasiado perfeccionista.

Verifica si te sientes mal o culpable a diario, si sientes que llevas una mochila pesada en tu espalda, si no permites a los demás fallar porque tampoco te lo permites a ti, y si llega un momento en que la sensación de pensar que nunca llegarás a lo que anhelas se te hace insoportable.

¿Es así? Entonces ponle un nombre (autoexigencia, perfeccionismo, sobrecarga, culpa desmedida, insatisfacción perpetua…). Dale espacio. Lo cierto es que poner palabras, aunque no hagas nada más, es sanador en sí mismo. Uno se siente aliviado cuando puede decirle a su mente o a su corazón “mira, es verdad, te pasa esto, ya veremos cómo lo solucionamos, pero este es el monstruo, se llama así“.

Por eso mismo quizás te está reconfortando leer este artículo o cualquier otro, porque puedes encontrar palabras concretas para una situación que te ocurría y no sabías como nombrar.

(Apunte: de hecho, en muchos cuentos de hadas, para derrotar a la bruja o al demonio simplemente hay que averiguar su nombre (ahora que lo pienso, en las películas de exorcismos también). Da qué pensar ¿eh?)

 

Entonces mi primera sugerencia es que te pares a identificar los sentimientos que emergen y a reconocer cómo y cuándo actúa el patrón de autoexigencia en tu caso: ¿Eres una persona que no se permite parar y descansar nunca? ¿Tienes un perfeccionismo rayando en lo enfermizo y nunca nada te parece bien? ¿Temes tanto fracasar o que te rechacen que no haces nada, y postergas continuamente las acciones importantes? ¿Te quitas méritos cuando haces un buen trabajo, considerando que simplemente es tu deber? ¿Tienes una sensación de vacío cuando acabas de terminar algo en vez de sentirte lleno de satisfacción y disfrutarlo?

Observarte sin juicios es el primer paso y yo diría que más de la mitad del camino. Ponte en modo de detective de tu propia vida, obsérvate, indaga y saca tus propias conclusiones.

 

Punto número 2: Crea espacios de máxima y mínima productividad

Para mitigar esa sensación de no ser lo suficientemente productivo, te puede resultar muy útil establecer en tu rutina diaria espacios de máxima y mínima productividad.

Es decir, tienes que darte el placer (sí, digo placer) de trabajar ciertas épocas, ciertos días o ciertos momentos del día con total vocación y compromiso. Encuentra qué pequeñas cosas te ponen en un estado de flujo (¿aislarte en casa, ir a la biblioteca, apagar el móvil, poner música, trabajar a primera hora de la mañana, hacerlo a última hora?) y disfruta de esa sensación de intensa y enfocada productividad.

Cuando uno trabaja o estudia así por un tiempo, al terminar se siente enormemente satisfecho. No te puedes negar este regalo.

Como muchas veces la culpa y la autoexigencia empiezan a emerger en esas situaciones en las que sentimos que “no lo estamos dando todo”, proponte unas horas del día, unas semanas o momentos muy concretos para rendir intensamente, en algo que te apasione o que sea una obligación, y luego recréate en esa sensación de calma y orgullo propio que sigue a este momento.

La otra cara de la moneda de esta misma estrategia es la que muchas veces se nos pasa por completo. Si nos vamos a proponer trabajar con intensidad y placer en ciertos momentos, del mismo modo tenemos que reconocernos épocas, días o momentos específicos en blanco. Una de cal y una de arena. Momentos de concentración y rendimiento versus momentos de expansión, disfrute y liviandad.

Autoexigencia y productividad

 

Resulta sorprendente en nuestra sociedad megaproductiva hablar de destinarse unos días o unas horas de  cada día a descansar o hacer lo que se nos antoje sin sentirnos culpables, pero tiene toda la lógica. Por un lado, nuestra fuerza de voluntad, motivación y creatividad no tienen una duración infinita, necesitan recargarse. Por otro lado, igual que vamos a desarrollar como un músculo nuestro lado voluntarioso y productivo (llamémosle el trabajador enfocado y obediente) el otro lado más lúdico, infantil y despreocupado también necesita tener su espacio en nuestra psique.

Relacionado con esto, hay un fragmento de Marsha Sinetar que me gusta muchísimo y que  transcribo a continuación. Ella habla de la “pereza” que sienten esporádicamente ciertos escritores y cómo ésta es no sólo normal sino beneficiosa:

Con frecuencia suelo hablar con una escritora amiga sobre nuestra “pereza”. Hace ya muchos años que las dos nos dimos cuenta de que nuestro proceso creativo incluye períodos de inactividad completa. Mi moral puritana se revela con un vigor insospechado ante la simple idea de tener que atravesar estos períodos de descanso.

Mi amiga me contaba riendo cómo se quedaba en la cama días enteros mirando la televisión mientras almacenaba inconscientemente nuevas imágenes e ideas para su próximo libro. “Antes odiaba verme de ese modo porque iba en contra de todas las ideas que me había forjado sobre qué y cómo debía escribir. Era como si debiera estar continuamente rodeada por una especie de halo almidonado, una Betty Crocker de la máquina de escribir que tecleaba escrupulosamente manuscrito tras manuscrito veinticuatro horas al día como si fueran sabrosas galletas salidas del horno”.

Sin embargo, mi amiga se dio cuenta gradualmente de que de tanto en tanto necesitaba un descanso porque, de lo contrario, su nuevo libro sería forzado, artificial y muy poco original.

 

Aprende a conjugar estos dos extremos: ponte horas, días o temporadas de máximo foco, y horas, días o temporadas de menos trabajo y concentración. Así tendrás complacidos y contentos al trabajador exigente y cumplidor que hay dentro de ti, y también a la parte alocada de tu mente que quiere de vez en cuando soltarse la melena.

 

Punto número 3: Prémiate y disfruta de lo conseguido

En tercer lugar, es vital para no caer en la autoexigencia continua que te recompenses y te detengas a disfrutar de tus logros. Darse pequeñas recompensas es una forma estupenda de lograr dos cosas: por un lado, mantener la motivación y el entusiasmo hacia nuestro objetivo, y por otro, es una forma de demostrarnos autoestima y respeto.

Aunque esta actitud de valorar lo conseguido y premiarnos por ello debería ser una actitud natural de nuestro ser, en la mayoría de los casos no es así. Por ello, al principio quizás necesites obligarte un poco a actuar de esta manera, aunque te parezca forzado y artificial.

Por ejemplo, cuando te propongas un nuevo reto, puedes pensar en cómo podrías recompensarte cuando lo hayas acabado. Apunta esta pequeña recompensa en el móvil o en un post-it que dejarás colgado días enteros en el frigorífico o en el espejo del baño. Puede ser un rato libre leyendo, una camiseta nueva, un masaje o un viaje para dos personas al Caribe, da igual, lo que sea y que entre dentro de tus posibilidades. Y luego, por supuesto, cumple con esta parte del trato.

Al principio podrá parecerte raro, e incluso ridículo, eso de premiarte a ti mismo. Igual vas a comprar esa camiseta con desgana, o te tomas el descanso estipulado con la sensación de “esto para qué sirve” pero poco a poco, y día tras día, irás naturalizando este comportamiento.

Hasta que llegará el momento en que te parecerá lo más natural del mundo celebrar con alegría tus éxitos y permitirte estos pequeños caprichos. ¿Verdad que suena bien?

 

Punto número 4: El cambio radical no va a ser mañana

Por último, es importante que seas muy paciente con tu cambio personal y te des tiempo. No es posible eliminar la autoexigencia con más exigencia (¡quiero dejar de ser así, hoy, ya, y punto!). No puedes pretender que en dos días pases de la sobrecarga y la recriminación continua a ser suave contigo mism@, darte ratos de descanso, disfrutar de tus logros y ver la vida de otra manera.

Todos los procesos llevan su tiempo. En principio, se trata de ir registrando cómo te sientes y cómo actúa tu autoexigencia o perfeccionismo (punto número 1) y a partir de aquí ir probando cosas que puedes hacer. Algunas te funcionarán y otras no.

Habrá épocas en las que quizás organices mejor tus épocas de trabajo y descanso, y otras en las que tu vida será un caos. Habrá momentos en los que aparecerá la imagen de esos conejitos de la foto de arriba en tu cabeza diciéndote con voz de pito “¡no es así, no es suficiente!” y  otros momentos en que esta voz parecerá haberse calmado. Habrá días que te sobrecargarás de obligaciones y otros en que aprenderás a decir NO. Y todo está bien.

Con astucia, estrategia y perseverancia puedes ir modificando estos cotidianos comportamientos autodestructivos hacia otros más saludables.

Por último quisiera compartir la idea de que la autoexigencia parte de una base equivocada. La vida no es una carrera en la que tenemos que conseguir esta meta determinada o superar este nuevo problema antes de tal o cual día.

No importa mucho si tenemos cinco títulos académicos o uno sólo que nos encanta. Tampoco es muy relevante si maduramos a los 30 o a los 40, siempre que este objetivo se consiga. Como ya dije una vez, a veces vivimos como si alguien desde fuera nos hubiera dado el mandato de cumplir ciertos estándares: tienes que ser brillante, guapo, extrovertido, amable, estudiar, trabajar, emparejarte a los 20, tener un negocio a los 30, hijos a los 40, éxito y reconocimiento a los 50, la vida resuelta a los 60…

Esos estándares e ideas de éxito no son obligatorios, nunca lo fueron (aunque por dentro lo sintamos así) y sólo están en nuestra cabeza.

Por descontado, la felicidad, que es el deseo último de cualquier ser humano, nunca se va producir si sentimos que “nada es suficiente”.

Más bien, lo más cercano que encuentro yo a la felicidad cotidiana es vivir sintiendo que lo que tenemos y lo que somos es suficiente. De esta aceptación de las circunstancias proviene paradójicamente la vitalidad y el deseo para mejorar y avanzar en nuestro camino personal y profesional.

 

Cuando nada es suficiente: la autoexigencia desmedida
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Y ahora te toca a ti hacer tu reflexión y tu recapitulación particular ¿Con cuál de estos personajes exigentes te has identificado más? ¿Qué idea te llevas de este artículo? ¿Y qué podrías hacer a partir de ahora para reconciliarte con ese quizás monstruoso e ingobernable sentimiento de autoexigencia?

Contesta sin miedo, es una buena forma de dejar a un lado el perfeccionismo, cualquier cosa que digas estará bien 🙂

 

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Créditos de las imágenes:

Imagen 1: de Lars Zahner a través de 123rf.com

Imagen 2: Carly Lesser & Art Drauglis, via Flickr Creative Commons

Imagen 3: Hobvias sudoneighm, via Flickr Creative Commons

Imagen 4: Dave Morris, via Flickr Creative Commons

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12 Comentarios

  1. Gracias Amparo,
    te he leído tras el fin de semana pero en el momento (creo) más oportuno. He dado una clase sobre dehesas en inglés en la universidad del norte de Arizona, nau, donde estoy ahora de postdoc. Resulta que tras todos mis esfuerzos (bueno sólo he tenido un día para preparármela) he salido con el látigo interior bien afilado porque no he estado nada fluida con el idioma y hablaba a trompicones…cómo una buena Spanish!
    Tu artículo del sábado me ayuda a entender lo absurdo que es machacarse de este modo, salir deprimida en vez de animada, y ser tan crítico/exigente con uno mismo! Tras leerte y reconocerme un mínimo de mérito que tiene estar haciendo esto que hago (que ciertamente la clase no ha sido perfecta, pero yo si he puesto lo mejor de mi, dadas las circunstancias!) ya me siento mejor…y seguro que esto ayuda para la próxima vez!
    MIL GRACIAS y un ABRAZO grande!
    Blanca

    • Amparo Millán Responde

      Blanca!
      Muchas gracias por comentar y me alegra que te haya ayudado el artículo. Efectivamente es tal y como dices ¿cómo es posible que estés de POSTDOC en una universidad norteamericana y lo único que pienses es “vaya, no lo he hecho lo suficientemente bien”?

      La autoexigencia es así de traicionera. Da igual que hayas acabado una tesis doctoral (que es un caminito “del infierno”, sólo para valientes), que estés trabajando en un centro prestigioso a nivel internacional y que te hayas preparado una charla en otro idioma sobre un asunto muy específico, para el monstruo interior “está mal y no es suficiente”. Fíjate, y realmente solamente estar ahí, en ese sitio, que hayan confiado en ti para eso, es ya TODO UN TRIUNFO. Independientemente de que salga mejor o peor.

      A mí, que también soy super exigente, me ayuda mucho una cosa. En vez de sacar el látigo cuando algo no sale como quiero, me gusta pensar: Ok, ¡lo hice, que no es poco! ahora bien ¿cómo podría mejorarlo? ¿qué podría cambiar para una próxima vez? ¿qué he aprendido de estos errores? Tomar estas situaciones como un aprendizaje es LA CLAVE. La mente se entretiene en buscar puntos de mejora en vez de en castigarse, y al final sales fortalecida y con un ánimo positivo: ¡guay, he aprendido esto! ¡lo haré mejor la próxima vez!

      Un abrazo enorme!

      Amparo.

  2. Ante todo, ¡enhorabuena por el artículo, Amparo! Yo lo he leído un poquito tarde con respecto a su fecha de publicación, y al leerte me reconozco en muchas de esas autoexigencias durante estas últimas dos semanas en las que he tenido que concentrar mi energía y mi tiempo en un par de tareas sólo que me requerían especial dedicación, aún a riesgo de cargar con esas vocecitas internas tan chirriantes que me repetían una y otra vez que no era suficiente. ¡Siempre tengo que recordarme muchas de las cosas que aquí dices!

    Por otra parte, quería compartir que una de las cosas que he hecho recientemente es volver a la biblioteca 🙂 Sólo la pisaba para sacar libros y hacía años (más de 10) que no pisaba una para sentarme, leer, sacar mis apuntes o escribir allí. Ha sido precioso volver y ver cómo ha cambiado la realidad: el acceso wifi, los jóvenes trabajando con sus portátiles o tabletas, los niños más presentes, personas leyendo en libros electrónicos, y ni un sólo móvil que sonase interrumpiendo… ¡Me encantó! No puedo decir que me cundiese mucho en términos de productividad porque he ido dos o tres veces y me he quedado más bien observando y percibiendo todas estas diferencias y a las personas. Pero lo he disfrutado mucho y ¡me felicito por ello! 😀

    ¡Besos!

  3. Amparo Millán Responde

    Qué bien lo de ir a la biblioteca Gloria! Tengo que decir que a mí también me encanta, y cuando hace un par de semanas que no la piso me “obligo” a ir. Nuestro trabajo a veces puede encerrarnos mucho en casa, así que viene bien compartir lugar de estudio con otras personas, incluso aunque no interactuemos con ellas.

    Por otro lado, hay una cosa que se ha quedado en mi mente al leer tu comentario: y es eso de “tengo que recordarme muchas de estas cosas”. Pues sí, es verdad. Aunque lo sé, yo también tengo que recordarme esto a menudo (aunque con la práctica me he vuelto muy rápida en identificar y parar estos patrones mentales negativos). La realidad es que las personas no somos perfectas, ni lo seremos nunca, así que es absurdo pretender que vamos a solucionar nuestros problemas de una vez y para siempre (ni la autoexigencia ni cualquiera de ellos). A todo lo más que podemos aspirar es a revisar lo que pensamos/sentimos cada vez con más sinceridad y rapidez, y actuar en consecuencia ¡que ya es mucho!

    Gracias por hacerme pensar… Un fuerte abrazo compañera de ruta!! 😀

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  5. Muy buenos consejos. Siempre puede ser mejor, pero tenemos que saber cuando parar. Cada uno debe buscar su límite porque la perfección no existe y siempre habrá algo que se pueda mejorar.

    Un post excelente.

    • Amparo Millán Responde

      Claro que sí Dácil, por definición SIEMPRE SE PUEDE SER MEJOR, pero si dejamos que esta idea guíe nuestra vida el resultado es la insatisfacción perpetua. Un resultado terrible, la verdad.

      Más que buscar dónde está nuestro límite, podemos empezar a comprender que nuestra valía personal no depende de la perfección, y actuar con esta creencia de base. Es decir, yo hago esto poniendo mi empeño, mi inteligencia, mis ganas y mi conocimiento/experiencia en el momento actual y punto. En el futuro, quizás lo haré mejor. Si me equivoco, veo qué puedo aprender. Si tengo buenos resultados me felicito y sigo adelante. Es una forma de pensar y actuar menos tensa, menos fatalista, más objetiva y sobre todo, más saludable conmigo misma.

      Muchas gracias por comentar, un fuerte abrazo compañera!

      Amparo.

      • Totalmente de acuerdo. Yo un día llegué a la conclusión que antes que madre, pareja, compañera, amiga, hija, hermana… Era persona. Y las personas somos imperfectas. Asumí mis imperfecciones y no dejo que sean un límite para nada de lo que me proponga. Y si las cosas no salen como esperábamos ¡Pues toca adaptarse a las nuevas circunstancias y seguir avanzando aunque no todo sea prefecto en nuestra vida. Muchas gracias por tus palabras. Afianzan la confianza en mi misma. Besos guapa

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