La imagen que encabeza este artículo te puede parecer excesiva, pero ilustra bastante bien lo que muchas personas nos hacemos a nosotras mismas. Por un lado, nos gritamos, nos regañamos y nos hablamos con reproche cuando no conseguimos lo que nos habíamos marcado. Por otro lado, nos exigimos más allá del límite de nuestras fuerzas. Y por último, cuando hacemos algo bien, obtenemos sólo un ligero reconocimiento de nuestra voz interior: «Psché, no está mal pero tampoco es para tanto.« 

Este comportamiento tiene un nombre y se llama autoexigencia.

Encuentro que es una verdadera lacra entre la mayoría de las personas que conozco (diría que especialmente para las mujeres), una actitud que nos amarga la vida, nos lleva al estrés y la ansiedad  y nos impide celebrar las pequeñas alegrías de la vida.

Exigencia excesiva

«¿Eso es todo? ¿No sabes hacerlo mejor?»

 

Cuando una persona se exige en demasía NUNCA ES SUFICIENTE. Nunca. Siempre hay algo que podría haberse hecho mejor,  un mejor trabajo, una mejor respuesta, unas mejores vacaciones, una pareja mejor, unos hijos mejores (lo que sea que pueda significar esto).

La autoexigencia feroz no sólo nos impide disfrutar plenamente del presente sino que nos lleva a vivir con una nostalgia extraña de que hay una situación que anhelamos a la que no llegaremos jamás, a pesar de todos nuestros esfuerzos. Nunca alcanzaremos la cumbre de la satisfacción y el éxito. El paraíso nos está prohibido.

 

Andrés es una de estas personas con alta autoexigencia. Se pone continuamente metas y objetivos ambiciosos (personales, laborales, deportivos) y cuando consigue uno de ellos, en vez de pensar «guau, qué bien, lo he conseguido» se dice «bueno va, está bien… pero este era mi trabajo, ¿qué es lo siguiente?«. Y así en bucle, siempre más, y más, y más…

Para Rosalía, el problema es una culpabilidad perpetua, que hace su aparición y lo inunda todo cuando un día baja su rendimiento o está cansada (y esta culpa como un látigo, le dice «¡no pares! ¿qué haces?»). No obstante, cuando Rosalía sí tiene un día productivo esta culpabilidad chasquea la lengua y dice severamente: «bueno, hoy ha estado bien, pero es que así debería de ser todos los días»

Luego está Paula, que si le preguntas qué ha hecho bien en su vida o cuáles son sus aptitudes se quedará pensando largos minutos… y al cabo de ese tiempo te dará una lista de (con suerte) tres cosas. Eso sí, si le preguntas por sus defectos o sus errores pasados entonces te los listará de carrerilla.

 

Las personas exigentes se definen como perezosas, indisciplinadas, inseguras, infelices o fracasadas cuando tienen un mal día. Piensan erróneamente que sólo a ellas les pasa esto. En su imaginación, ven a los demás trabajando como robots (clic, botón ON encendido) sin dudas, errores ni falta de confianza en su trabajo.

Por supuesto, cuando uno se repite a sí mismo durante varios días, varias semanas, varios años, que es un vago, un fracasado, un depresivo o un indisciplinado, no es de extrañar que las cosas no mejoren con el tiempo, sino que vayan a peor. ¡Nada bueno puede salir del automaltrato, como era de esperar! Sólo cada vez más y más evasión (que se suele reflejar en postergar tareas una y otra vez) para ver si se puede callar esta voz insidiosa por un rato.

Gesto de desaprobación y autoexigencia

 

En resumen, la autoexigencia sin tregua provoca que:

  • Nunca nos sintamos «suficientes» o que las cosas las hemos hecho bien (nos atormentamos con todo eso que podría haber ido mejor en vez de celebrar lo que sí ha ido bien)
  • Tengamos una imagen de nosotros mismos mucho PEOR de la que es objetivamente cierta (por ejemplo, considerarnos más perezosos y menos inteligentes de lo que realmente somos)
  • Nos pongamos una lista de tareas enorme y unas expectativas exageradas (que no llegamos a cumplir porque están fuera de la realidad) que lleva a que los sentimientos de fracaso y culpabilidad por no haber cumplido con o marcado estén latentes todo el día.
  • Creamos que sólo si somos PERFECTOS o hacemos algo perfecto somos dignos de valor

Visto así, es un panorama espeso y horrible, entonces te preguntarás ¿qué hacer? ¿Cómo salir de este círculo vicioso de autoexigencia, culpa e insatisfacción?

Te propongo a continuación cuatro ideas que pueden ayudarte a reflexionar, cambiar tu actitud y comenzar a actuar de otra manera. Vamos a verlas:

Cómo lidiar con una autoexigencia desmedida
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Punto número 1: Pon nombre a lo que sientes e indaga cuándo y por qué se producen estos comportamiento

En primer lugar, es imprescindible darte cuenta y tomar conciencia de qué es lo que está sucediendo. Lee los ejemplos que he puesto más arriba o piensa en otras situaciones de tu día a día y verifica si realmente eres una persona demasiado autocrítica y perfeccionista.

Por ejemplo, verifica:

  • Si te sientes mal o culpable a diario porque no acabas tus tareas (evidentemente, ¡esto no es normal! ¿no será que tu lista de tareas es irrealizable?)
  • Si sientes que llevas una mochila pesada en tu espalda, o si efectivamente tienes muchos dolores de espalda reales
  • Si no permites a los demás fallar porque tampoco te lo permites a ti
  • Si crees que los demás te van a rechazar por no ser perfecto/a (como trabajador, como pareja, como madre/padre, como estudiante)
  • Si tiendes a fijarte en cada momento en lo que está mal o se puede mejorar, en lugar de ver lo bueno
  • Si cuando te hacen un cumplido te incomodas, dices cosas como «bah, lo podría haber hecho cualquiera» para quitarte valor
  • Si crees que en cada momento de tu vida necesitas una nueva meta, un nuevo reto, porque eres «adict@ al logro»
  • O si llega un momento en que la sensación de pensar que nunca llegarás a lo que anhelas se te hace insoportable.

 

¿Es así? Entonces ponle un nombre a esto que te pasa: autoexigencia, perfeccionismo, sobrecarga, culpa desmedida, insatisfacción permanente… Dale espacio a esta sensación, párate a identificar los sentimientos que emergen y acostúmbrate a reconocer cómo y cuándo actúa el patrón de autoexigencia en tu caso.

Lo cierto es que poner palabras y tomar conciencia de las cosas, aunque no hagas nada más, es sanador en sí mismo. Uno se siente aliviado cuando puede decirle a su mente o a su corazón «mira, es verdad, te pasa esto, ya veremos cómo lo solucionamos, pero este es el monstruo, se llama así«.

En segundo lugar, ese comportamiento rígido y culpabilizador contigo mismo TIENE UN ORIGEN. Seguramente has sido sometido a mucha presión cuando eras pequeño, o te han inculcado esa idea de «tienes que ser el mejor» o bien sólo te han valorado por tus logros académicos y deportivos y lo demás no importaba.

Las raíces de la autoexigencia son muy, muy profundas… No es el objetivo de este artículo llegar tan lejos, pero te invito a que empieces a pensar en que esta actitud tiene un porqué y tirar hacia atrás en el tiempo para ver a cuándo se remonta esta forma de pensar y actuar.

 

Punto número 2: Crea espacios de máxima y mínima productividad

Para mitigar esa sensación de no ser lo suficientemente productivo te puede resultar muy útil establecer en tu rutina diaria espacios de máxima y mínima productividad.

Es decir, tienes que darte el placer (sí, digo placer) de trabajar ciertas épocas, ciertos días o ciertos momentos del día con total vocación y compromiso. Encuentra qué contexto te hace sentir foco e inspiración (¿aislarte en casa, ir a la biblioteca, apagar el móvil, poner música, trabajar a primera hora de la mañana, hacerlo a última hora?) y crea un espacio en tu rutina, por ejemplo de dos horas, para trabajar con esa intensa productividad.

Muchas veces la culpa y la autoexigencia emergen cuando sentimos que «no lo estamos dando todo». Por eso resulta muy útil proponerse unas horas, semanas o momentos concretos para rendir intensamente (¡pero, no te pases! ¡este rendimiento no se puede sostener TODO el tiempo!) y que luego nos podamos recrear en ese orgullo y satisfacción que sigue a haber trabajado bien y enfocadamente.

La otra cara de la moneda de esta estrategia es la que solemos pasar por alto. Si nos vamos a proponer trabajar con intensidad en ciertos momentos, del mismo modo tenemos que proporcionarnos épocas, días o horas específicas en blanco. Una de cal y una de arena. Momentos de concentración y rendimiento versus momentos de expansión, disfrute y liviandad.

Autoexigencia y productividad

 

Resulta sorprendente en nuestra sociedad megaproductiva hablar de destinarse unos días o unas horas de  cada día a descansar o hacer lo que se nos antoje sin sentirnos culpables, pero tiene toda la lógica. Por un lado, nuestra fuerza de voluntad, motivación y creatividad no tienen una duración infinita, necesitan recargarse. Por otro lado, igual que vamos a desarrollar como un músculo nuestro lado voluntarioso y productivo, también el otro lado, más lúdico despreocupado, necesita tener su espacio.

Relacionado con esto, hay un fragmento de un libro de Marsha Sinetar que me gusta mucho y transcribo a continuación. Habla de la «pereza» que sienten esporádicamente ciertos escritores y cómo ésta es no sólo normal sino beneficiosa:

Con frecuencia suelo hablar con una escritora amiga sobre nuestra «pereza». Hace ya muchos años que las dos nos dimos cuenta de que nuestro proceso creativo incluye períodos de inactividad completa. Mi moral puritana se revela con un vigor insospechado ante la simple idea de tener que atravesar estos períodos de descanso.

Mi amiga me contaba riendo cómo se quedaba en la cama días enteros mirando la televisión mientras almacenaba inconscientemente nuevas imágenes e ideas para su próximo libro. «Antes odiaba verme de ese modo porque iba en contra de todas las ideas que me había forjado sobre qué y cómo debía escribir. Era como si debiera estar continuamente rodeada por una especie de halo almidonado, una Betty Crocker de la máquina de escribir que tecleaba escrupulosamente manuscrito tras manuscrito veinticuatro horas al día como si fueran sabrosas galletas salidas del horno».

Sin embargo, mi amiga se dio cuenta gradualmente de que de tanto en tanto necesitaba un descanso porque, de lo contrario, su nuevo libro sería forzado, artificial y muy poco original.

Estos períodos de «pereza y frivolidad» constituían toda una fuente de inspiración y vigor para su trabajo creativo, rechazarlos habría sido perjudicar posteriormente su trabajo.

 

En definitiva, si sentirte culpable porque no cumples con tus tareas es tu problema, aprende a conjugar estos dos extremos: trabajo duro y descanso despreocupado.

Ponte horas, días o temporadas de máximo foco, y horas, días o temporadas de mínima productividad. Así tendrás complacidos al trabajador exigente y cumplidor que hay dentro de ti, y también a la parte alocada de tu mente que quiere de vez en cuando soltarse la melena.

 

Punto número 3: Prémiate y disfruta de lo conseguido

En tercer lugar, es vital para no caer en la autoexigencia desmedida que te recompenses y te detengas a disfrutar de tus logros. Darse pequeñas recompensas es una forma estupenda de lograr dos cosas: por un lado, mantener la motivación y el entusiasmo hacia nuestro objetivo, y por otro, demostrarnos autoestima y respeto.

Aunque esta actitud de valorar lo conseguido y premiarnos por ello debería ser una actitud natural de nuestro ser, en la mayoría de los casos no es así. Por ello, al principio quizás necesites obligarte a actuar de esta manera, aunque te parezca forzado y artificial.

Por ejemplo, al inicio de proponerte un nuevo reto, piensa ya en la manera en que te recompensarás periódicamente y cuando lo hayas finalizado. Apunta esta pequeña recompensa en el móvil o en un post-it que dejarás colgado días enteros en el frigorífico o en el espejo del baño. Puede ser un rato libre leyendo, una camiseta nueva, un masaje o un viaje para dos personas al Caribe, da igual, lo que sea y que entre dentro de tus posibilidades. Y luego, por supuesto, cumple con esta parte del trato.

Al principio podrá parecerte raro e incluso ridículo eso de premiarte a ti mismo. Igual vas a comprar esa camiseta con desgana o te tomas el descanso estipulado con la sensación de «esto para qué sirve» pero poco a poco, y día tras día, irás naturalizando este comportamiento, hasta que llegará un momento en que te parecerá lo más natural del mundo celebrar con alegría tus éxitos y permitirte estos pequeños caprichos.

¿Verdad que suena bien?

 

Punto número 4: El cambio radical no va a ser mañana

Por último, es importante que seas muy paciente con tu cambio personal y te des tiempo. No es posible eliminar la autoexigencia con más exigencia (¡quiero dejar de ser así inmediatamente, hoy mismo, punto!).

No puedes pretender que en dos días pases de la sobrecarga y la recriminación continua a ser suave contigo mismo, darte ratos de descanso, disfrutar de tus logros y ver la vida de otra manera.

Todos los procesos llevan su tiempo. En principio, se trata de ir registrando cómo te sientes y cómo actúa tu autoexigencia o perfeccionismo (punto número 1) y a partir de aquí ir probando cosas que puedes hacer. Algunas te funcionarán y otras no.

Habrá épocas en las que quizás organices mejor tus épocas de trabajo y descanso y otras en las que tu vida será un caos. Habrá momentos en los que aparecerá una vocecita chillona en tu cabeza diciendo «¡no es suficiente!» y  otros momentos en que esta voz parecerá haberse calmado. Habrá días que te sobrecargarás de obligaciones y otros en que aprenderás a decir NO. Y todo está bien.

Con conexión, estrategia y perseverancia puedes ir sustituyendo los comportamientos autodestructivos por otros más saludables.

Porque los problemas emocionales, como este, no son como los «problemas de ingeniería» que se abordan de manera lineal y donde existe una única solución. Si te interesa, en este vídeo encontrarás más explicación sobre esto:

 

 

 

Reflexión final

Por último, quisiera compartir la idea de que la autoexigencia parte de una base equivocada: que la vida es una carrera en la que tenemos que conseguir esta meta determinada o superar este nuevo problema antes de tal o cual día.

Y la verdad que nada más lejos de la realidad… No hay ningún evaluador externo ni una «lista de cosas que tenemos que cumplir» para ser felices.

A veces vivimos como si alguien desde fuera nos hubiera dado el mandato de cumplir ciertos estándares: tienes que ser brillante, guapo, extrovertido, amable, estudiar, trabajar, emparejarte a los 20, tener un negocio a los 30, hijos a los 40, éxito y reconocimiento a los 50, la vida resuelta a los 60…

Esos estándares e ideas de éxito que nos agobian no son obligatorios, nunca lo fueron y sólo están en nuestra cabeza.

Y además, por descontado, la felicidad que es el deseo último de cualquier ser humano nunca se va producir si sentimos que «nada es suficiente».

Más bien, lo más cercano que encuentro yo a la felicidad cotidiana es vivir sintiendo que lo que tenemos y lo que somos es suficiente. De esta aceptación de las circunstancias proviene paradójicamente la vitalidad y el deseo para mejorar y avanzar en nuestro camino personal y profesional.

 

Y ahora te toca a ti hacer tu reflexión y tu recapitulación particular: ¿Qué idea te llevas de este artículo? ¿Y qué podrías hacer a partir de ahora para reconciliarte con ese tu (quizás monstruosa) autoexigencia?

Espero que este artículo te haya dado algunas pautas concretas pero sobre todo, motivación y ganas de cambiar y ser más amable contigo mismo.

 

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Si además de ser exigente contigo mismo sueles sufrir de indecisión, inseguridad o miedos recurrentes, tienes que hacer algo al respecto. Es muy difícil avanzar cuando llevas estos lastres cogidos como grilletes a tus pies.

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¿Quieres reconstruir tu vida con conciencia y amabilidad? (las dos palabras mágicas para mí). Entonces quiero ser tu guía, te espero aquí. 😉

 


Créditos de las imágenes:

Imagen 1: de Lars Zahner a través de 123rf.com

Imagen 2: Carly Lesser & Art Drauglis, via Flickr Creative Commons

Imagen 3: Hobvias sudoneighm, via Flickr Creative Commons

Imagen 4: Dave Morris, via Flickr Creative Commons

 

 

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11 Comentarios

  1. Gracias Amparo,
    te he leído tras el fin de semana pero en el momento (creo) más oportuno. He dado una clase sobre dehesas en inglés en la universidad del norte de Arizona, nau, donde estoy ahora de postdoc. Resulta que tras todos mis esfuerzos (bueno sólo he tenido un día para preparármela) he salido con el látigo interior bien afilado porque no he estado nada fluida con el idioma y hablaba a trompicones…cómo una buena Spanish!
    Tu artículo del sábado me ayuda a entender lo absurdo que es machacarse de este modo, salir deprimida en vez de animada, y ser tan crítico/exigente con uno mismo! Tras leerte y reconocerme un mínimo de mérito que tiene estar haciendo esto que hago (que ciertamente la clase no ha sido perfecta, pero yo si he puesto lo mejor de mi, dadas las circunstancias!) ya me siento mejor…y seguro que esto ayuda para la próxima vez!
    MIL GRACIAS y un ABRAZO grande!
    Blanca

    • Amparo Millán Responde

      Blanca!
      Muchas gracias por comentar y me alegra que te haya ayudado el artículo. Efectivamente es tal y como dices ¿cómo es posible que estés de POSTDOC en una universidad norteamericana y lo único que pienses es «vaya, no lo he hecho lo suficientemente bien»?

      La autoexigencia es así de traicionera. Da igual que hayas acabado una tesis doctoral (que es un caminito «del infierno», sólo para valientes), que estés trabajando en un centro prestigioso a nivel internacional y que te hayas preparado una charla en otro idioma sobre un asunto muy específico, para el monstruo interior «está mal y no es suficiente». Fíjate, y realmente solamente estar ahí, en ese sitio, que hayan confiado en ti para eso, es ya TODO UN TRIUNFO. Independientemente de que salga mejor o peor.

      A mí, que también soy super exigente, me ayuda mucho una cosa. En vez de sacar el látigo cuando algo no sale como quiero, me gusta pensar: Ok, ¡lo hice, que no es poco! ahora bien ¿cómo podría mejorarlo? ¿qué podría cambiar para una próxima vez? ¿qué he aprendido de estos errores? Tomar estas situaciones como un aprendizaje es LA CLAVE. La mente se entretiene en buscar puntos de mejora en vez de en castigarse, y al final sales fortalecida y con un ánimo positivo: ¡guay, he aprendido esto! ¡lo haré mejor la próxima vez!

      Un abrazo enorme!

      Amparo.

  2. Ante todo, ¡enhorabuena por el artículo, Amparo! Yo lo he leído un poquito tarde con respecto a su fecha de publicación, y al leerte me reconozco en muchas de esas autoexigencias durante estas últimas dos semanas en las que he tenido que concentrar mi energía y mi tiempo en un par de tareas sólo que me requerían especial dedicación, aún a riesgo de cargar con esas vocecitas internas tan chirriantes que me repetían una y otra vez que no era suficiente. ¡Siempre tengo que recordarme muchas de las cosas que aquí dices!

    Por otra parte, quería compartir que una de las cosas que he hecho recientemente es volver a la biblioteca 🙂 Sólo la pisaba para sacar libros y hacía años (más de 10) que no pisaba una para sentarme, leer, sacar mis apuntes o escribir allí. Ha sido precioso volver y ver cómo ha cambiado la realidad: el acceso wifi, los jóvenes trabajando con sus portátiles o tabletas, los niños más presentes, personas leyendo en libros electrónicos, y ni un sólo móvil que sonase interrumpiendo… ¡Me encantó! No puedo decir que me cundiese mucho en términos de productividad porque he ido dos o tres veces y me he quedado más bien observando y percibiendo todas estas diferencias y a las personas. Pero lo he disfrutado mucho y ¡me felicito por ello! 😀

    ¡Besos!

  3. Amparo Millán Responde

    Qué bien lo de ir a la biblioteca Gloria! Tengo que decir que a mí también me encanta, y cuando hace un par de semanas que no la piso me «obligo» a ir. Nuestro trabajo a veces puede encerrarnos mucho en casa, así que viene bien compartir lugar de estudio con otras personas, incluso aunque no interactuemos con ellas.

    Por otro lado, hay una cosa que se ha quedado en mi mente al leer tu comentario: y es eso de «tengo que recordarme muchas de estas cosas». Pues sí, es verdad. Aunque lo sé, yo también tengo que recordarme esto a menudo (aunque con la práctica me he vuelto muy rápida en identificar y parar estos patrones mentales negativos). La realidad es que las personas no somos perfectas, ni lo seremos nunca, así que es absurdo pretender que vamos a solucionar nuestros problemas de una vez y para siempre (ni la autoexigencia ni cualquiera de ellos). A todo lo más que podemos aspirar es a revisar lo que pensamos/sentimos cada vez con más sinceridad y rapidez, y actuar en consecuencia ¡que ya es mucho!

    Gracias por hacerme pensar… Un fuerte abrazo compañera de ruta!! 😀

  4. Muy buenos consejos. Siempre puede ser mejor, pero tenemos que saber cuando parar. Cada uno debe buscar su límite porque la perfección no existe y siempre habrá algo que se pueda mejorar.

    Un post excelente.

    • Amparo Millán Responde

      Claro que sí Dácil, por definición SIEMPRE SE PUEDE SER MEJOR, pero si dejamos que esta idea guíe nuestra vida el resultado es la insatisfacción perpetua. Un resultado terrible, la verdad.

      Más que buscar dónde está nuestro límite, podemos empezar a comprender que nuestra valía personal no depende de la perfección, y actuar con esta creencia de base. Es decir, yo hago esto poniendo mi empeño, mi inteligencia, mis ganas y mi conocimiento/experiencia en el momento actual y punto. En el futuro, quizás lo haré mejor. Si me equivoco, veo qué puedo aprender. Si tengo buenos resultados me felicito y sigo adelante. Es una forma de pensar y actuar menos tensa, menos fatalista, más objetiva y sobre todo, más saludable conmigo misma.

      Muchas gracias por comentar, un fuerte abrazo compañera!

      Amparo.

      • Totalmente de acuerdo. Yo un día llegué a la conclusión que antes que madre, pareja, compañera, amiga, hija, hermana… Era persona. Y las personas somos imperfectas. Asumí mis imperfecciones y no dejo que sean un límite para nada de lo que me proponga. Y si las cosas no salen como esperábamos ¡Pues toca adaptarse a las nuevas circunstancias y seguir avanzando aunque no todo sea prefecto en nuestra vida. Muchas gracias por tus palabras. Afianzan la confianza en mi misma. Besos guapa

  5. Autoexigencia: Que tema!!! Me siento muy identificada, creo que todos deberíamos querernos y valorarnos mas como primera medida, con defectos incluidos!!! Realmente comparto que el tema es muy profundo, desde pequeños somos depositarios de muchas expectativas y anhelos no realizados de nuestros padres… y mas aun si somos hijos únicos como es mi caso. Y para redoblar la apuesta: yo también tengo una sola hija!!! Procuro que no sea tan exigente, pero me salio una niña muy inteligente y sensible que como te imaginaras se AUTOEXIGE!!!
    Muchas gracias por el artículo!!! Besos

    • Amparo Millán Responde

      Querida Carmen,
      Qué bueno que hables con sinceridad sobre la autoexigencia y tu hija. Sin duda, lo mejor que puedes hacer por ella no es inundarla de consejos del tipo «no seas tan autoexigente, quiérete más» sino… ser tú su ejemplo. No aprendemos con mandatos morales ni con consejos, aprendemos por el ejemplo. Puedes empezar a profundizar en tu infancia para ver quién y por qué sembró esa semilla de perfeccionismo atroz en ti, y empezar a ser más compasiva contigo misma. Quizás este artículo te pueda ayudar –> Cómo ser compasivo con uno mismo
      Gracias por comentar y un abrazo!
      Amparo.

  6. Me ha gustado bastante su artículo.
    En mi caso estoy buscando diariamente , desde mi adolescencia, mi vocación profesional, y aun no la he encontrado.
    He estudiado mil cosas, he terminado pocas de éllas y cada día me despierto con una pasión por algo , que tal como aparece , desaparece poco a poco durante los demás días.
    Estoy desesperada.
    Creo q el origen de ésto es mi infancia claro está, el no valer nada si no soy alguien , si no estudio algo, si no estoy constantemente demostrando .
    Ésto puedo verlo, y aún así, mi mente inquieta necesita encontrar aquello para lo que valgo.
    Soy madre de dos niños , y quiero disfrutar de mi familia y de mi hogar sin sentirme profundamente deprimida por no saber qué quiero ser profesionalmente hablando .
    Necesito ayuda

    • Amparo Millán Responde

      Querida Sofía,
      Tengo 2 artículos para recomendarte que te van a venir GENIAL para lo que me comentas.
      El primero, sobre cómo encontrar tu vocación (y de manera implícita, también explico por qué no pasa nada si no tenemos una «mega vocación», de hecho ese no es el objetivo de la vida) –> Cómo encontrar tu vocación de una vez por todas

      El segundo, sobre que el trabajo no es lo más importante. Tienes una familia maravillosa de la que no disfrutas porque no te permites hacerlo sin ser «alguien» profesionalmente hablando –> El trabajo no es lo único en la vida

      Espero que te gusten ambas recomendaciones, ¡saludos!

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