Hay un tema que resulta prioritario para todos los trabajadores freelance del mundo: cómo ser productivos y ejercitar nuestra autodisciplina. Puesto que no tenemos horarios impuestos, ni fechas de exámenes previstas en el calendario, ni jefes que revisen cómo va nuestro trabajo, tenemos que ser lo suficientemente organizados y disciplinados para pasar el día haciendo lo que tenemos que hacer, y no cualquier otra cosa más apetecible y más placentera.

 

Creo que desde que estaba en la universidad he sentido interés por este concepto de la autodisciplina que descubrí gracias a un librito antiguo del Dr. Paul Hauck llamado «cómo conseguir lo que te propones«. Aunque «autodisciplina» nos puede recordar al mundo militar o a los colegios de principios de siglo, a mí me gusta más esta palabra que sus equivalentes fuerza de voluntad, intención o determinación, por lo tanto es la que voy a usar en todo este artículo, pero si te parece desagradable cámbiala mentalmente por «voluntad» y ya está 😉

 

Hace unas semanas te contaba lo beneficioso que sería tener esbozadas y divididas en pasitos las grandes metas, pero la mayoría de las personas no hacemos algo tan detallado y organizado como esto, ¿por qué? Porque no estamos acostumbrados a ser autónomos, a no depender de las instrucciones de otras personas, y además nos falta autodisciplina para llevarlo a cabo (que disfrazamos de «me da pereza», «esto no sirve para nada» o «me aburro»)

 

¿Qué es exactamente la autodisciplina? A mí me parece que una buena definición sería esta: «la capacidad de enfocarse y poner la mente y el cuerpo a trabajar justo en lo que te has propuesto y no en otra cosa, sea perder peso, componer música o estudiar cuatro horas al día». Dicho así suena facilísimo, pero en la práctica a veces en tan complicado…

 

Lo ideal sería que la autodisciplina fuera una cualidad tan entrenada que hiciera suaves nuestras horas de trabajo. Todos aspiramos a esa situación en que trabajamos la mayor parte del tiempo «en modo de flujo», enfrascados en nuestra tarea sin mucha resistencia. Por supuesto, siempre existirán días apáticos o pocos productivos en los que podemos decidir deliberadamente desconectar o hacer actividades más fáciles, pero sería muy deseable que hacer lo que tenemos que hacer fuera un acto sencillo, agradable.

 

Esta es la situación ideal pero lo que ocurre muchas veces es que mantenernos disciplinados conlleva una pelea dentro de nosotros. Una parte tipo sargento dice «venga, a trabajar» y la otra se resiste y opina que es mejor echarse una siesta, o ver vídeos en Youtube, o ponerse a ordenar los armarios de toda la casa. Estas situaciones son desagradables, crean cierto desgaste y al final, ni la parte más disciplinada dentro de nosotros ni la parte más hedonista que sólo busca diversión, acaban satisfechas.

 

¿Qué podríamos hacer para ejercitar nuestra autodisciplina sin sufrir (mucho)? ¿Cómo podríamos llegar a trabajar en ese estado de fluidez, al menos la mitad del tiempo? Estas preguntas me las he hecho muchas veces y tras meses de lectura, experiencias personales y acompañamiento a otras personas, quiero compartir con vosotros tres cosas que he aprendido:

 

1. La motivación es fundamental

La verdadera autodisciplina se alimenta de la MOTIVACIÓN, en su sentido bien entendido. Motivación no es tener ganas, vitalidad o entusiasmo de hacer algo (a veces para tener más energía o la mente más despierta basta comerse un buen trozo de chocolate negro, en serio). La motivación auténtica es tener profundas razones para hacer algo. Es estar convencidos de los beneficios concretos que vamos a conseguir.

 

Sobra decir que para estar motivados ese objetivo que perseguimos tiene que ser nuestro y no de otros. Si actuamos para complacer a los demás, o simplemente obedeciendo órdenes, es difícil que se despierte una motivación rompedora (pero no imposible, incluso obedeciendo uno puede decidir que quiere crecer y aprender durante el proceso, aunque siga órdenes de otro)

 

Para despertar la autodisciplina y la motivación son útiles preguntas como esta: ¿Para qué me interesa aprobar este examen, aprender inglés, trabajar en esto, organizarme mejor? ¿Qué beneficios concretos voy a experimentar si me comprometo con este objetivo? ¿Cómo puedo hacer que el camino hacia esta meta sea más fácil, más inspirador, con más sentido para mí?

 

2. Las creencias negativas ahogan nuestra autodisciplina

Es muy, muy difícil ser disciplinado cuando existen miedos y emociones que nos bloquean. De verdad, no se puede. No se puede fluir en el trabajo ni ser productivo llevando una carga emocional tan pesada sobre nuestros hombros, porque caeremos exhaustos a la mínima ocasión.

 

Por ello, para ejercitar nuestra fuerza de voluntad a veces no sirve probar una nueva técnica de productividad o hacer ejercicios para incrementar nuestra motivación. Lo que se hace necesario es conversar con los saboteadores internos y ver qué es lo que está pasando ahí. Justamente en estos temas es en lo que está enfocado más de la mitad de mi programa grupal online «21 días para impulsar tus proyectos».

 

Desarrollar la autodisciplina puede ser un ejercicio suave y armonioso cuando vamos quitando creencias negativas, miedos, sentimientos de fracaso, de incertidumbre y de culpabilidad. Mira si en tu caso alguna de estas pueden ser las causas de que no seas tan productivo/a y eficaz como te gustaría.

 

3. La responsabilidad nos hace disciplinados

La autodisciplina es una hermana de la responsabilidad. No hay nada que nos haga más perezosos o postergadores que estar cumpliendo unas directrices o plazos que no son nuestros.

 

Hace tiempo tuve una sesión inspiradora en la que mi clienta, una mujer que está en plena fase de escritura de su tesis, llegó a una conclusión muy lúcida. Hablábamos con alegría de sus últimos éxitos. Ella se había propuesto acabar un capítulo de su tesis para un día determinado y lo había hecho, incluso aunque los días anteriores los había tenido complicados y con imprevistos. Hablando sobre esto, recordaba cómo meses atrás no era capaz de cumplir con los plazos que le programaba su tutora de tesis (y eso que había sido siempre una alumna ejemplar), lo cual la hacía sentirse muy descontenta consigo misma. Vaya… Quizás ahí estaba el problema. Quizás algo dentro de ella se negaba a continuar siguiendo los dictados de otro.

 

Reflexionando sobre la responsabilidad y la libertad, me comentó que siempre en la vida estamos pendientes de las fechas que otros nos ponen. Cuando somos estudiantes, los profesores nos ponen los exámenes o la fecha de entrega de los trabajos. En un trabajo corriente, tenemos horarios que cumplir y ciertas tareas que acabar para el día x. Estamos sujetos a las citas del médico, de hacienda, de renovación del DNI. La verdad es que no estamos entrenados en ser nosotros mismos los RESPONSABLES de cuándo entregamos o no un trabajo. Y lo cierto es que, cuando queremos hacer algo y nos dejan completa y absoluta libertad para elegir para cuándo, es improbable que no cumplamos el plazo.

 

Cuando elegimos con libertad nos responsabilizamos, y de la responsabilidad nace el verdadero compromiso.

 

Y del compromiso, nace esa autodisciplina que nos permite trabajar con soltura y llegar a tiempo a nuestras fechas.

Ahora es tu turno:

¿Cuál es tu opinión respecto a la autodisciplina?

¿Alguna vez has pensado que te falta motivación, que hay creencias profundas que te sabotean o que deberías tomar más responsabilidad sobre tus actuaciones?

Después de leer este artículo ¿qué se te ocurre hacer para mejorar tu autodisciplina?

 

Espero que esta lectura te haya sido útil y reveladora. ¡Te espero en los comentarios con tus jugosas impresiones!

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5 Comentarios

  1. Encontré muy bueno el artículo. A propósito para mí que, de un tiempo a esta parte, digamos hace algunos meses, ya no ejecuto con el mismo entusiasmo de antes, labores o actividades que siempre tengo que hacer invariablemente, sólo que ahora espero hasta lo último para ejecutarlas. No sé que me pasa, perdí entusiasmo en el camino.

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