Si hay algo que compruebo día tras día es el abismo que existe entre un cierto “discurso social” (lo que todos decimos, pensamos, expresamos públicamente como sociedad) y las experiencias individuales de las personas. La Navidad es una prueba de este hecho.

 

La publicidad nos agasaja los ojos y los oídos con imágenes de familias felices, fiestas sorprendentes y glamourosas, parejas de guapos enamorados que se regalan joyas, niños que sonríen y padres que pasan horas jugando con esos hijos. El discurso social es que la Navidad es una fiesta de “paz, amor y felicidad”, de”reencuentros con los seres más amados” y “recuerdo de los que se fueron”, de “recuperar la ilusión de la infancia”… bla bla bla.

 

En cuanto bajamos el volumen a ese discurso social y nos adentramos en las experiencias más íntimas de las vidas de las personas (solo hace falta darse una vueltecita estos días por blogs anónimos y foros en que la gente oculta su identidad) descubrimos que la REALIDAD es que la Navidad despierta sentimientos de ansiedad, preocupación, soledad, humillación y sufrimiento en muchas personas. Sí, he dicho muchas personas, en mayor o menor grado, por unos motivos o por otros.

 

Quitando nuestros malestares individuales, las Navidades son fiestas hermosas. Simbolizan el acto de renacer, la esperanza de que hay luz más allá de la oscuridad y nos desvelan la verdad universal de que lo más importante del mundo es amar genuinamente y ser amados. Por esto mismo, me apena que tantas personas pasemos por estos días con sentimientos ambivalentes, con alegría fingida, con dolor, con miedo, o con indiferencia que tratamos de ocultar con comida, decoración navideña y regalos.

 

En un primer momento pensé en titular este artículo “cómo sobrevivir a la Navidad”,y dar algunas indicaciones para sobrellevar estas fiestas lo mejor posible. Pero luego, y conforme iba desgranando las ideas, me di cuenta de que este título no me encajaba. Porque no, no quiero animaros a “sobrellevar” o a “sobrevivir” a las fiestas (y esperar que de este modo pasen lo más rápidamente posible) sino a poneros al mando de vuestra vida y a utilizar vuestra creatividad y poder.

 

Para mí, hay una idea clave si queremos reconciliarnos con estas fiestas, disfrutarlas de alguna manera, o al menos, pasarlas sin esas enormes cotas de dolor o temor, y es la siguiente:

 

Sal de ese rol infantil en el que puedes estar metido sin saberlo, y recupera tu papel de adulto. No seas un niño.

 

¿Cómo? ¿Qué estoy diciendo? ¿No es acaso un buen consejo el de “ser niño otra vez”, recuperar la inocencia, la bondad, la ilusión? (bla bla bla de nuevo).

 

Si estás leyendo este texto, es probable que seas un adulto, y eso significa en la mayoría de los casos que eres independiente (física y económicamente) que tienes cierto poder y libertad para elegir en qué empleas tu tiempo o tu dinero, que puedes salir de tu casa a tomar algo con quien quieras (y a la hora que quieras) y que tienes capacidades y recursos para solucionar tus problemas. Para un niño ninguna de estas cosas es posible.

 

Piénsalo.

 

Un niño, por definición, es un ser frágil e indefenso, que depende de que otros lo cuiden, lo transporten, le compren cosas y salgan con él a la calle. Como no tiene el conocimiento o la experiencia de vida como para entender qué le sucede y cómo poner solución, necesita de adultos que le ayuden a interpretar la realidad y a resolver sus problemas. Por estos motivos, cuando somos niños necesitamos durante muchos, muchos años un gigantesco apoyo material y emocional de los adultos, es biología pura y es así. Si conseguimos o no este apoyo, y cómo esa carencia repercute en nuestra vida de adultos es otra historia en la que por ahora no me voy a meter…

 

En situaciones de la vida que nos desbordan, a pesar de que sabemos intelectualmente que somos personas adultas (mira tu carné de identidad, a ver qué dice) volvemos a sentirnos como niños: indefensos, temerosos, frágiles, dependientes de que los demás cambien o hagan ciertas cosas por nosotros.

 

Como la Navidad es, generalmente, una de estas situaciones desbordantes cargada de normas sociales, imposiciones sutiles, conflictos no resueltos y mandatos de “tienes que hacer/sentir/pensar esto o lo otro” todos estos miedos y sentimientos infantiles se despiertan y (1) generalmente no nos damos cuenta y (2) no sabemos cómo salir de ellos.

 

A continuación voy a presentar una serie de ideas que pueden ayudarte a encontrar en ti esa parte adulta fuerte, inteligente y madura. Esa parte que no sólo te ayudará a “sobrevivir” a estas fiestas, sino a disfrutarlas y encontrarles un sentido más profundo.

 

Cómo tener una Navidad a tu gusto y sin obligaciones
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No eres un niño indefenso que no puede elegir

No, no eres un niño indefenso que no puede elegir. Por asombroso que parezca y a pesar de que sientas como una obligación inamovible celebrar ciertas fiestas con tu familia, con tus amigos o con los compañeros de la empresa, en realidad NO LO ES.

 

Un niño de 6 años naturalmente que no puede elegir qué hacer un día u otro (¿os imagináis, se queda solo en casa, haciéndose la cena y escuchando la radio?) pero tú sí, siempre. Lo que sucede es que a veces etiquetamos como “obligación” lo que en realidad es una elección. Quizás para ti el mejor plan del mundo no es acudir a cierta cena o compromiso, pero lo haces porque quieres estar con algunas personas que asistirán o porque quieres complacer a quien te ha pedido que vaya (tu pareja, tu hermano, tu sobrino, tus padres…).

 

Que una parte de ti quiera hacer algo y otra no, no significa que actúes por obligación. Actuar por obligación es actuar a ciegas, sin saber por qué, simplemente porque alguien más poderoso te lo exige u ordena, y esto genera una rabia tremenda que al final acaba estallando. Si eres adulto, y menos en temas familiares, nadie tiene el poder real de exigirte u ordenarte algo, por lo tanto cualquier actuación por tu parte es una elección, no un compromiso obligatorio.

 

Aquí entra lo que te decía al principio: si fueras niño, no tendrías escapatoria (los niños no pueden elegir). Pero afortunadamente ahora eres adulto y puedes hacer lo que quieras. Elige con quién quieres pasar estos días (entendiendo que tu elección puede estar también influida por lo que desean otras personas, a las que con generosidad quieres complacer). Elige qué quieres cenar, dónde, cómo te vas a vestir, cuánto te quieres gastar, si vas a regalar diez cosas o un abrazo.

 

¿Y si, aun sabiendo que eres una persona adulta, te sigue dando miedo elegir? Bueno, quizás este año no te atrevas a “contrariar” a personas ante las que te sientes de nuevo un niño indefenso, pero puedes empezar a ver lo absurdo de esta situación. Como yo siempre digo a mis clientas, cuando quieren hacer cambios personales: “Registrar ya es un montón“. Darse cuenta de lo que sucede en realidad, de cómo te sientes, de lo irracional de ciertos pensamientos o comportamientos, es un GRAN paso, aunque no hagas nada más.

 

Eres un adulto, no te van a castigar

Muchas veces nos aterra actuar de tal o cual manera, pero este miedo no es un asunto de adultos, sino un reflejo infantil. A los niños, en nuestra sociedad, se les puede castigar (no hablo sólo de castigos físicos, también de regañinas, de “sillas de pensar”, de prohibiciones más o menos leves, etc.). Nosotros fuimos castigados por diversas personas en diferentes grados cuando fuimos niños y sabemos muy bien lo que es esa experiencia.

 

Quizás no lo recordamos conscientemente, pero nuestro inconsciente ha tomado buena nota de que el castigo es una situación desagradable, temible, peligrosa (los adultos nos dicen que “van a dejar de querernos si nos portamos mal” y ese es un riesgo demasiado alto para un niño que depende de estos adultos) y en la que nos sentimos pequeños. Aunque digamos que ” bah, eso ya pasó, hace mucho tiempo” y que “qué tonterías pensar en que la infancia nos puede influir de alguna manera” nuestro inconsciente sigue ajeno a nuestro discurso pretendidamente racional. El miedo al castigo resuena en nuestro interior y nuestro cuerpo y nuestra mente saben que si hacemos algo que los demás no aprueban, nos pueden castigar.

 

Por sorprendente que parezca, cuando nos da un pánico horrible enfrentar situaciones cotidianas que no entrañan peligro directo a nuestra integridad física, por ejemplo, rechazar ir a una cena, dar nuestra opinión en algún tema controvertido o proponer un plan diferente es porque tememos al castigo. No hay razón para sentirnos aterrorizados por estas cosas inofensivas siendo adultos… pero cuando somos niñ@s sí que necesitamos hacer cosas por obligación, ocultar, mentir, engañar, callar nuestra opinión o inventar excusas ridículas, porque no queremos que nos caiga una regañina, una mala cara o un castigo. La realidad que quiero transmitirte con este párrafo es que:

 

Cuando somos adult@s, nadie tiene el poder de castigarnos o humillarnos a menos que nosotros les cedamos (sin saberlo) ese poder.

 

Recuperar nuestro papel de adult@s es analizar cuáles son esos temores tan grandes que se despiertan estos días y ver el peligro real que supone actuar diferente… Ya no puedes ser castigad@, por lo que puedes empezar poco a poco a sentir que realmente tienes el control y el poder de tu vida y entender que nadie puede hacerte daño a menos que se lo permitas.

 

No eres un niño incapaz de enfrentar ciertas situaciones

Los niños, cuando se enfadan, tienen pocas opciones aparte de llorar, patalear, esconderse debajo de la mesa o romper un jarrón a causa de la rabia. Como adultos, a veces no encontramos mejor forma de descargar nuestras frustraciones que a través de gestos infantiles como estos: gritar, montar un lío, salir corriendo, discutir con “todo quisqui”, amenazar, victimizarnos, exigir, llorar desconsoladamente causando una situación incómoda en los que nos rodean…

 

Opino que hay formas más maduras de enfrentar situaciones complicadas (por ejemplo cuando alguien te insulta veladamente o te hace sentir culpable sin motivo) que huir, romper a llorar o estallar de ira. Y necesitamos encontrarlas.

 

Por ejemplo, si este año lo has pensado y quieres hacer un plan diferente, explica tus motivos como un/a adult@ sincer@ y segur@ de sí mism@, sin intentar dañar o provocar y también sin ceder a chantajes. O si alguien te hace un comentario desafortunado, en vez de tener una reacción desmedida (quizás sea lo que busque esta persona) simplemente responde con firmeza “no sé qué me quieres decir, pero dejémoslo”  y sigue comiendo tranquilamente.  O si en algún momento no te sientes bien en el lugar donde te encuentras y te apetece muchísimo volver a tu casa o salir a dar una vuelta, excúsate con educación y vete (¿cuál es el problema?) sin dramatismos ni broncas. Y  si en un momento dado durante las fiestas tienes que fingir y decir que todo va estupendamente con una sonrisa, porque eso te facilita las cosas, pues hazlo. Mientras no te engañes a ti mismo, se puede entender que tengas que matizar o cambiar tu realidad de cara a los demás.

 

Lo importante es que sepas que, como adulto, tienes a tu disposición un montón de alternativas para solucionar las cosas. Pon tu creatividad a trabajar, desvía toda esa energía que tienes enfocada en “lo terrible que es todo y lo indefenso que me siento” a responder la siguiente pregunta:

¿Cómo puedo enfrentar esto de mejor manera? ¿Qué se me ocurre? ¿Qué frases puedo llevar preparadas a la reunión familiar o de amigos?

 

Cuando desear es un problema, y un lastre

Desear no es positivo cuando nos impide mirar la realidad como es y nos mantiene en un rol pasivo. En este sentido, desear con todas tus fuerzas que ocurra un milagro y las cosas se solucionen, no es una buena opción.

 

Para l@s niñ@s, que no tenemos las capacidades y recursos para llevar a cabo ciertas tareas, lo único que podemos hacer cuando una situación nos duele o nos enfada es desear. Desear que las cosas cambien, que por fin nos quieran y nos respeten, desear que nos compren ese juguete nuevo o nos lleven a cenar a un sitio más bonito. No tenemos más alternativa que desear cuando somos dependientes financiera y emocionalmente y nos faltan habilidades y experiencias de vida. El problema es que con esta forma de pensar seguimos muchos adultos: deseando, anhelando que mágicamente un día nos despertemos y la situación haya cambiado en nuestra familia, con nuestra pareja, con nuestros amigos, en nuestro trabajo. Pero ya sabemos que esto no ocurre así.

 

Si quieres un cambio en tu vida, tienes que trabajártelo. Desear que otros modifiquen su conducta o sus sentimientos o que “las cosas” sean más fáciles y agradables para nosotros, no sólo es una pérdida de tiempo, sino que nos sigue manteniendo en la posición infantil del niño que desea porque no puede hacer otra cosa. Esa posición que, como he ido desgranando a lo largo de todo este artículo, nos impide lo más importante que tenemos que hacer en esta vida: madurar, ser adultos, tomar el firme propósito de hacer lo que haya que hacer para ser más felices y hacer más felices a los demás. Así que si deseas algo, que sea tu propio crecimiento.

 

Y por último, asume que hay cosas que tal vez nunca cambien… Darse cuenta de esto puede ser bastante doloroso, pero una vez que pasa el duelo, lo cierto es que toda esa energía que estábamos invirtiendo en soñar y desear inútilmente nos queda disponible para hacer cambios en nuestra vida real, la que sostenemos todos los días. Y esta es buena noticia ¿no?

 

Mi más sincero deseo para ti durante estas fiestas es que te atrevas a desplegar todo tu potencial y a dar lo mejor de ti al mundo, y para eso:

 

Has de pasar de sentirte como un niño temeroso, rabioso, huidizo e indefenso,  a sentirte como un hombre o mujer adult@ lleno de coraje, atrevimiento, inteligencia y compasión.

 

Aprovecha estas vacaciones para hacer algo que te encantaba hacer y que hace tiempo que no haces, para regalarte una experiencia increíble, para conocerte mejor a ti mism@, para hacer balance del año que se va o para planificar el año próximo y que esté lleno de éxitos.

 

Y para responder a la pregunta que planteé al principio de ¿no sería un buen consejo el “ser niño otra vez” en Navidad? Mi respuesta es no, no seas un niño. Más bien…

 

Sé un adulto que lleva dentro de sí la magia, la bondad, la curiosidad y las ganas de diversión del niño que una vez fue.

 

Proponte recuperar estas cualidades valiosas que siempre han estado dentro de ti (¡no se han perdido!), pero con la gran ventaja que supone ser adult@ de pleno derecho. Que puede elegir cómo crear sus mejores Navidades, y vivirlas.

 

¡MUY FELICES FIESTAS A TOD@S!

 

Navidad2

 


Créditos de las imágenes:

Imagen 1: vic xia via photopin cc

Imagen 2: plastAnka via photopin cc

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14 Comentarios

  1. Hola Amparo! Muy bueno el post, tienes el don de la oportunidad…anoche lo pase fatal. He leído tus consejos, los pongo en práctica. Feliz Navidad y un abrazo!

    • Amparo Millán Responde

      Vaya Maria… De todas formas, si te consuela, hay muchísima gente que lo pasa mal en estas fechas.

      La cuestión sería ¿qué es lo que te ha hecho sentir mal? Registra si hay algún sentimiento infantil detrás de eso.

      Un abrazo muy grande y felices fiestas (o fiestas de descubrimiento, que son mejores que las felices 😉 )

  2. Muchas veces no se puede “hacer lo que uno quiere”, porque no se está solo y las decisiones tomadas pueden afectar o perjudicar a los que están contigo. No es el caso, o sí?, de que a mi no me apetezca hacerme 1000 Km en 24 horas (llegar para cenar y volver después de comer), tendría un conflicto con mi marido, porque al final él no se iría; yo me saldría con la mía, pero privaría a mi marido y a mi hijo de estar un rato con su familia, a la que, por lejanía, no ven en todo el año y seguramente tampoco me sentiría yo muy bien. Así que, como acto de amor, de generosidad o simplemente justicia lleno el depósito de gasolina.

    • Amparo Millán Responde

      Yolanda, esto mismo lo digo en el post. Es que lo que verdaderamente tú QUIERES y ELIGES es ir a hacerte los 1000 kilómetros. Hay dos formas de ver este ejemplo en concreto:
      1. Con el sentimiento infantil de “pffff, vaya mier**, hacerme ahora 1000 km, y todo por … que no me apetece nada, pero en fin, habrá que hacerlo, por mi marido y mi hijo, NO HAY MÁS REMEDIO, pero vaya día, rollo de Navidades.

      2. Con el convencimiento de que eres una persona adulta que has ELEGIDO ir y que dice “Es un viaje largo que no me apetece hacer este día, pero para mí es importante complacer a mi marido y a mi hijo, es más importante incluso que la incomodidad del viaje, y lo hago por ello. Voy a ver si puedo pensar alternativas para que se me haga menos pesado; ¿les digo a mis acompañantes que preparen una Playlist de música para el camino? ¿Llevo algo delicioso para cenar, aunque sólo me gusta a mí, para disfrutar más del momento? ¿Qué puedo hacer esa noche un rato que me encante, aunque sólo sea a solas, y que me “reconcilie” con este día?

      Si la Navidad consiste en actos de amor y generosidad, entonces tú ya tienes el tuyo.

      Un besazo Yolanda!

  3. Clara (Habitación Lavanda) Responde

    Hola Amparo! Me ha gustado mucho este artículo (en realidad todos los que escribes, es la verdad) y de hecho creo que me lo voy a imprimir para tenerlo siempre a mano en estas fechas. Yo soy joven (26, me considero joven… jeje) y creo que estoy en una etapa de transición, de vivir la Navidad como niña a pasar a vivirla como adulta y sí, desde hace unos años tengo sentimientos encontrados sobre las cenas familiares en estas fechas. Las familias son complicadas y muchas veces surgen situaciones tensas (supongo que pasa en todas las familias del mundo), comentarios desafortunados, etc. Y a eso se le suma el tener que poner al día de tu vida a personas que ves poco y sentirte expuesta a que te juzguen.
    En tu artículo me haces ver las cosas desde una perspectiva que nunca me había planteado, diferente, creativa y que realmente te libera mucho. Me haces pensar y darme cuenta de cosas. Me hace sentir bien leerte y me quedo tranquila y me siento más libre. Gracias y felices días!!! Un abrazo!!

    • Amparo Millán Responde

      Clara, muchas gracias por ese comentario tan dulce y tan sincero, me ha encantado.

      Efectivamente, estás en una etapa de transición de niña-joven a adulta, una etapa de mucho pensar, registrar, darse cuenta, observar, y por lo que veo (no sólo por lo que comentas aquí, sino por lo que te leo en el blog), vas por muy, muy buen camino. 🙂

      Un gran abrazo y felices fiestas!

      Amparo.

  4. Leo este artículo unas vez pasadas las navidades y he de decir que han sido las primeras en que he sido “yo-adulta” y no lo que querían los demás de mí, por tanto han sido fantásticas. Es una delicia leer el artículo y verse reflejada en muchos de los puntos. Sigue así Amparo, un abrazo a todos.

    • Amparo Millán Responde

      Muchas gracias Anto,

      Me alegra que, por fin, te hayas sentido “yo-adulta” y hayas disfrutado de tus navidades. Es útil darse cuenta de las ocasiones en que nos dejamos llevar por comportamientos o miedos infantiles y eso nos pasa A TODOS, y no es cuestión de edad. Una mujer puede tener 50 años, ser directiva y fuerte y en ciertas parcelas de nuestra vida seguir pensando como una niña pequeña.

      Te animo a seguir en este camino de descubrimiento y conciencia y a darte cuenta de en qué momento accionan en ti mecanismos infantiles. Un abrazo y gracias por comentar!

  5. Pingback: Cómo podemos vivir la Navidad - Habitación Lavanda

  6. Lo mejor que he leido en muuuuuuuucho tiempo. Este año he tenido esa intención, y del proximo año no pasa que haga lo que me apetezca…….Felicidades !!!!!

    • Amparo Millán Responde

      Qué bien Estíbaliz, me alegro que este artículo te haya dado el impulso para crear unas próximas Navidades A TU MEDIDA! 😀 Recibe un abrazo!

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