Era noviembre del año 2014 y viajaba a Granada, por primera vez, sola, a un networking de mujeres emprendedoras organizado por Womenalia.

Acababa de lanzar mi pequeño negocio unipersonal y ardía de ganas de encontrar personas como yo, darme a conocer, y aprender más en este mundillo tan apasionante del emprendimiento.

Como aquí en Ciudad Real no se organizaba ningún evento de este tipo, busqué por Internet y di con los desayunos de Womenalia. Había dos o tres planificados para los próximos meses, en diferentes ciudades españolas. Cuando vi que el próximo se celebraría en Granada, preciosa ciudad que nunca había visitado, me inscribí casi de inmediato.

El café resultó de lo más entretenido. Entre otras mujeres, allí conocí a María y Andrea de Consejo de belleza, con quienes luego he vuelto a ver y colaborar. Sin embargo, de lo que quiero hablar en este post fue de mi visita en solitario a la Alhambra de Granada, que hice el día previo a este desayuno emprendedor.

 

¡Pinéalo!

 

La visita a la Alhambra

Viajar sola tiene un atractivo y un encanto especial. Es más duro que ir en compañía, pero también es más inspirador. Hay más momentos para reflexionar, para sentir las emociones que van surgiendo (de cansancio, ilusión, miedo, aburrimiento, alegría, inquietud…) y además no discutes con nadie sobre qué hacer a una hora u otra 🙂

Nada más llegar a Granada y picar algo rápido, subí a la Alhambra que ese día del año no estaba demasiado masificada de gente, la verdad (¡lo bueno de viajar en noviembre!). A las 15:30 tenía la entrada al Palacio de los Nazaríes, el principal atractivo de la Alhambra. Como iba con un poco de prisa, no me entretuve en coger mapas ni folletos, y además pensé que mejor así, quería ir sin ninguna idea preconcebida y que todo el recinto me sorprendiera, aun a costa de no entender bien qué era cada cosa o a qué período correspondía.

¡Y vaya si mo, e sorprendió! Durante mi visita al palacio, iba pasando de una estancia a otra con los ojos y la boca abiertos, cada sala era más bonita que la anterior. Me parecía casi imposible que hace más de 700 años se hubiera construido una cosa así, ¡qué ENORME e inabarcable trabajo todo ese alicatado y esas paredes de yeso!

En un momento dado, y como a esa hora de la tarde no hacía mucho frío, me senté en una silla que había por allí en una de las salas y estuve un rato plasmando todas las ideas que me corrían por la cabeza en un texto cortito. Os lo transcribo corregido a continuación:

“La belleza de este lugar es algo fuera de lo común. Me pregunto qué sensaciones y experiencias tendrían sus residentes, allá en el siglo XIV, viviendo aquí. ¿Qué cosas pueden pasar por la mente y el corazón de las personas que pasan sus horas en un entorno así?

Observando estas paredes de yeso talladas de forma minuciosa, tanto que produce mareo (si uno no lo ve diría que está recreado por ordenador) me digo que hoy por hoy no se encuentra tanta nobleza en las obras, tanta delicadeza, tanto esmero.

Me pregunto cómo sería nuestro mundo si, lejos de tener prisa o preocuparnos desde el minuto uno por el resultado final, fuéramos tallando nuestra obra poco a poco, con este gusto por el detalle, sabiendo que sólo de esa manera se consiguen obras excepcionales que duren en el tiempo.

Creo que yo quiero escribir así. Quiero trabajar así. Diría incluso que quiero vivir así. Delineando suavemente cada palabra. Poniendo todo mi amor, agudeza, inteligencia, en cada conversación. Retocando una y otra vez mi trabajo, con calma, hasta obtener un resultado que me haga sentir orgullosa.

Me gustaría vivir poniendo esmero en cada cosa que haga, y ofreciendo al mundo lo que sé que es LO MEJOR (que no algo perfecto) que he podido hacer.

Qué diferente sería todo si cada uno, desde nuestra actividad cotidiana, pretendiéramos llevar a cabo una obra duradera, noble y exquisita como este palacio en el que me encuentro. Cuánto podemos aprender de los sabios que diseñaron y las manos que cincelaron con infinita paciencia todo esto.”

Dice el gran poeta y escritor español Juan Ramón Jiménez que “Granada me ha cojido el corazón. Estoy como herido, como convaleciente“. Suscribo plenamente sus palabras.

 

El esmero está infravalorado

Supongo que en muchas otras ocasiones de mi vida he admirado el trabajo bien hecho y he entendido que cualquier cosa que sea digna de ser recordada la posteridad necesita tiempo.

Sin embargo, creo que aquella vez, en la Alhambra, la experiencia estética fue más allá de lo común. Tanto que me golpeó la evidencia de que el mejor trabajo es el que se hace con delicadeza, con tino, con paciencia, sin estar obsesionados con los plazos o la productividad. Vamos, justo lo contrario de los valores que se promueven desde las empresas y los círculos académicos. El esmero no sólo está infravalorado, sino que no existe.

Me digo que no sólo nuestro trabajo, sino también nuestras relaciones, serían mucho más fructíferas si pusiéramos esmero en ellas. Lo que tal vez significaría tener menos conversaciones, pero que éstas fueran más profundas; utilizar menos palabras (me agobia la verborrea que utilizan algunas mujeres) pero más cuidadas.

Y a nivel general, viviríamos mejor cambiando lo “mucho y malo” por lo “poco y bueno”, yendo más despacio y eliminando el tiempo invertido en distracciones poco útiles.

Escribir, hablar, trabajar y vivir con esmero, no está para nada de moda, pero yo me subo a este movimiento. ¿Te vienes conmigo?

 

 


Créditos de las imágenes:

Imagen 1: Weaver hands de Hernán Piñera via Flickr Creative Commons

Imagen 2: Alhambra, Granada de Sharon Mollerus via Flickr Creative Commons

 

 

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