Hace aproximadamente un par de años descubrí la potencia (incluso necesidad) de agradecer las cosas hermosas que nos pasan cada día, y que no solemos advertir por pesimismo o ceguera. De hecho, me parece que hay pocas cosas más beneficiosas que hacer de la gratitud un hábito y sintonizarnos a diario con este sentimiento.

Pero hay cosas que no deberíamos agradecer NUNCA.

Para empezar, no deberíamos agradecer por compromiso. A muchos, desde que somos niños nos OBLIGAN a dar las gracias aunque en ese momento no nos salga de dentro. Además, nos “inculcan” las cosas por las que deberíamos sentirnos agradecidos (aunque esas cosas no sean importantes para nosotros) y nos hacen sentir culpables si esto no se produce. La frase “¡serás desagradecid@!” pone el vello de punta a muchos de nosotros.

Con tantas obligaciones, deberías y culpabilidad añadida es lógico que, de adultos, este sentimiento de gratitud no fluya de forma espontánea, como sería lo natural.

Pero hay algo aún más retorcido y (en mi opinión) enloquecedor relacionado con este asunto, y es el hecho de que a veces nos han pedido sentir gratitud por actos que nos han hecho daño, porque es, en teoría “por nuestro bien”.

“Es por tu bien” la frase que más daño ha hecho a lo largo de la historia (y que inspiró un gran libro a Alice Miller que es a la vez poderoso y traumático).

 

¿Agradecer lo que nos hace daño?

Nuestros propios padres a veces nos han dicho, directa o sutilmente, cosas como esta: “Agradece que te pegara de pequeño porque dos tortas a tiempo no hacen daño y mira qué bien no has salido”, “Tienes que agradecer que no te dejara salir con ese chico, aunque te pasaras seis meses llorando, porque no estaba a tu altura”, “Agradece que no te diéramos dinero para estudiar esa carrera porque era una pérdida de tiempo, aunque soñaras con ello”.

Después no son nuestros padres sino nuestros amigos o parejas los que nos dicen cosas terribles como esta:  “Agradece que sea celos@ porque eso significa que te quiero y me importas”; “Agradéceme que esté contigo porque sin mí no serías nada”; “Deberías agradecer que te pago todos tus caprichos, a pesar de que te trate mal y te desprecie, mira cuánto me sacrifico por ti”; “Agradece que te aguante y no me vaya con otr@”, etc.

¿Qué hemos hecho? Hemos mancillado un sentimiento profundamente bello y genuino como es la gratitud, con tan malas interpretaciones…

Dejaré una cosa bien clara:

Que alguien te castigue, te humille, te hable mal, te desprecie o te prohíba por capricho hacer algo que deseas con todo tu corazón NUNCA es por tu bien. Que encima te obliguen a agradecerlo es el colmo de la locura.

Si quieres recuperar poco a poco la dulzura y la suavidad del sentimiento de gratitud (imagina cuánto mejoraría tu vida si te sintieras sinceramente agradecid@ por lo que valoras), comienza por cortar con estas obligaciones, creencias e imposiciones absurdas.

Da las gracias, sí, pero por lo que sientas de verdad.

No agradezcas por compromiso, ni por deberías, ni porque otro te lo diga. Sólo tú sabes lo que necesitas y lo que es genuinamente bueno para ti.

Y jamás des las gracias a quien te hace daño. Porque quien bien te quiere NO te hará llorar. Y si lo hace, te pedirá perdón después.

 

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