La autoestima no sólo consiste solamente en saber que eres una persona única y en que tienes una serie de cualidades. Muchas personas, aun sabiendo que son hábiles, inteligentes, guapas o generosas siguen experimentando esa sensación de no sentirse plenamente merecedoras de afecto o satisfechas consigo mismas. Esto es porque conservan una serie de creencias (inconscientes, en la mayoría de los casos) que les están boicoteando.

 

Las creencias son aquéllos enunciados que tenemos grabados a fuego en nuestro interior, no sabemos ni cómo ni por qué, y que no nos hemos permitido cuestionar. Las damos por válidas, sin más. Es común creer que no merecemos aprecio y amor de los demás si no somos los mejores en algo, nos portamos de forma intachable o logramos algo asombroso. De esta creencia y cuál es su origen hablé mucho en este artículo.

 

Pero existe otra creencia, aún más escondida y aún más sutil, que va disfrazada de «buenas intenciones» y que nos está impidiendo disfrutar plenamente de lo que somos y de lo que la vida nos ofrece. Esta creencia dice algo así como: «progresa… pero no demasiado», «Brilla… pero pálidamente», «Sé feliz… pero no más de lo que tus padres/hermanos/amigos son o han sido».

 

En definitiva: haz las cosas bien pero no destaques.

El miedo a destacar te impide brillar
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El miedo a destacar

Hemos sido educados en la escasez y en la culpabilidad más que en la abundancia y el amor propio. No es extraño que ante un talento natural nuestro, los adultos que nos rodeaban nos hicieran ocultarlo, temerlo o mostrarlo «pero sólo un poquito». (Sin ir más lejos, hace días estaba con una amiga a la que quiero mucho y me comentaba, con respecto a su hijo, que ella iba a inculcarle el mensaje de que «fuera como todo el mundo» para que no se sintiera rechazado…)

 

Por otra parte, está la idea de que el éxito personal excesivo podría hacer sentir mal a los otros, si no están tan bien como nosotros, y despertar envidias. Académicamente existen muchos refuerzos para los alumnos que tienen un peor rendimiento, pero se mira con recelo al alumno que pide con alegría llegar a sus límites intelectuales. Además, se nos anima continuamente a ser humildes, a no alardear de nuestros logros, a no «creernos más que nadie», y a moderar nuestra efusividad para que estemos contentos… ¡pero no demasiado! por si otros pudieran molestarse con nuestra alegría.

 

Algunas personas llegan a ocultar sus talentos para ser aceptados o queridos por la familia o el grupo. Es el caso de la chica despampanante que no se arregla mucho para no hacer «quedar mal» a sus amigas menos agraciadas (qué desperdicio ¿y no las podría ayudar a sacarse partido?), o el compañero de trabajo eficiente que reduce su rendimiento para no ser señalado u odiado (otro desperdicio, ¿y no podría él estimular a los demás y enseñarles sus trucos de productividad?).

 

En definitiva: el brillo propio y el de los otros nos da miedo, lo sentimos como una amenaza, y por eso tratamos de impedirlo.

 

Solemos identificar que el que destaca en algo debe de ser un soberbio, cuando no tiene por qué ser así. De hecho, alardean más de las cosas las personas que inseguras y no tan exitosas que los que destacan y tienen una sana autoestima. Éstos últimos no presumen de sus dones, sino que disfrutan de ellos y los ponen al servicio de los demás, con lo cual ¡ganamos todos!

 

Y por cierto, tampoco tenemos que sentirnos culpables por envidiar a esas personas que brillan y destacan. Tener envidia está bien, es normal, no pasa nada. Yo hay días en que me muevo por la red y tengo envidia cada 10 minutos y eso no me impide disfrutar de mi vida ni valorar lo que tengo. Porque la envidia, cuando la entendemos y la trabajamos bien, nos proporciona una información muy valiosa…

 

En resumen, no hay nada malo en destacar, y todos tenemos un talento natural que podemos (y deberíamos) potenciar.

 

La culpa por superar a generaciones pasadas

La negación del brillo personal no es sólo por el miedo a que los demás nos rechacen si brillamos mucho o piensen que somos soberbios. Existe una creencia que no sólo nos impide mostrar nuestros talentos sino que también nos disuade de disfrutar al máximo la vida. Y a esta la he llamado «la culpa por superar a generaciones pasadas»

 

Hay veces que, de forma muy sutil, nos sentimos secretamente culpables si disfrutamos de una vida satisfactoria y nuestros seres queridos carecen o carecieron de ello. Nos parece tan injusto, nos duele tanto (puede ser incluso que los demás nos hagan llegar sus quejas: «ay, qué bien vives,  y yo no pude») que decidimos solidarizarnos con este sufrimiento y renegar un poco de nuestra alegría vital.

 

Este temor a «superar» a las personas que queremos nos condiciona más de lo que estamos dispuestos a admitir. Hasta el punto de que podemos llegar a fracasar en algo porque inconscientemente vemos esta superación como una deslealtad.

 

Existen hijos de padres sacrificados con pocos estudios que tienen un miedo irracional al éxito académico y en su interior sienten que «traicionan» a sus padres si prosperan más que ellos. Mariela Dabban, autora del libro «Poder de mujer» cuenta su propia historia de este modo:

 

Durante mi adolescencia y primera juventud, uno de mis mayores temores fue superar a mi mamá completando los estudios universitarios. Me acuerdo como si fuera hoy lo que me constó rendir los últimos exámenes para graduarme.

Para mí, obtener ese título era como traicionar a mi mamá que había abandonado su carrera universitaria, faltándole unos pocos créditos, para dedicarse a sus hijos.

 

Conozco a personas que sienten cierta desazón o culpabilidad cuando se van de vacaciones o disfrutan de «lujos» si sus padres no los tuvieron. Por supuesto, esto se agrava si esos mismos padres dicen con tono lastimero: «Mira, qué suerte has tenido, cuando yo era joven no podía permitírmelo y tenía que cuidar de vosotros todo el día…«.

 

A veces son los hermanos, la pareja o los amigos cercanos, los que, con poco disimulo, se lamentan de su mala suerte (en el amor, en el trabajo, en la salud) ante otro al que dicen que «la vida le ha sonreído». No es necesario decir que la buena o la mala suerte la crea uno con sus decisiones conscientes e inconscientes, ¿verdad? Esta comparación crea situaciones incómodas y algunas personas llegan a sentir que no merecen tanto bienestar. Algo así como «¿cómo puedo yo disfrutar plenamente de la vida cuando esta persona, a la que quiero, está tan mal?»

 

Es normal y saludable que el sufrimiento ajeno nos conmueva, que despierte en nosotros las ganas de ayudar y empatizar. Lo que no es lógico es sentir que estamos traicionando a una persona muy querida porque disfrutemos de más comodidades o nos vaya bien. No hay ninguna traición ahí, y es absurdo pensar que alguien puede beneficiarse lo más mínimo si tú te restringes el disfrute o la expansión personal. Este sacrificio no beneficia a nadie: ni a ti, ni al que se queja sutilmente de lo bien que vives.

 

Entiendo que muchos vivimos mejor que las generaciones que nos precedieron, que trabajaban larguísimas jornadas, lavaban la ropa a mano y tenían sus libertades muy recortadas, o quizás que nuestros padres, que tuvieron que hacer sacrificios enormes para enviarnos a la universidad. ¿Pero por qué sentirnos culpables o moderar nuestras aspiraciones por este hecho? ¿Qué ganamos con esto? Disfrutar de los derechos heredados ¿no es un motivo para sentir gratitud y gozo, en vez de culpa y amargura?

 

Concluyendo

 

Quererte a ti mismo significa que te permites desarrollar sin miedo tus talentos y tus habilidades naturales. Significa que te permites ser todo lo feliz que puedes ser, porque de este modo no sólo no perjudicas a nadie, sino que puedes dar más de ti.

Tu luz no sólo no ensombrece a otros, sino que les hace brillar más. - ¡Twitea esto!

 

No son las personas que se esconden o minusvaloran las que pueden hacer más por el mundo, sino que es al contrario: sólo las personas que reconocen y entrenan sus capacidades están en disposición de compartirlas.

 

Y vuelvo a repetir: la soberbia o la vanidad no tienen nada que ver con la autoestima. Si uno es bueno en algo, y lo sabe, y está seguro de ello, no tiene necesidad de ir pavoneándose. Son las personas inseguras las que necesitan exhibir continuamente sus cualidades o sus posesiones en facebook, para mostrar «lo tremendamente felices y afortunados que son» (lo cual es mentira, cuanto uno más muestra su felicidad, más sufre en el fondo).

 

Y ahora es tu turno, ¿qué piensas? ¿Te has sentido temeroso de destacar alguna vez, pensando que los demás podrían rechazarte por ello? ¿Sientes en lo más hondo de ti, aunque no sea lógico, que traicionas a las personas que quieres si disfrutas al máximo de ti mismo y de la vida?

 

Deja la falsa humildad, sal del cascarón y muéstrale al mundo quien eres. Y sobre todo, comprende que tu infelicidad, tu escasez, tu sufrimiento o tu moderación a la hora de disfrutar de algo no beneficia a nadie. Y sin embargo tu alegría de vivir sí puede obrar milagros.


Créditos de las imágenes:
Imagen:  Silvia Sala. Flickr Creative Commons

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10 Comentarios

  1. Gracias por este artículo!!! Me siento reflejada porque desde pequeña no quise hacer alarde de mi inteligencia o mis conocimientos, y me cuesta trabajo reconocer mis logros (no vaya a ser que los demás piensen que soy una «creída» o no me quieran). Y también me siento mal por vivir mejor que los demás, en el sentido de tener independencia económica, vivir desahogadamente o tener libertad de movimientos. Quiero darme permiso para destacar y brillar!

    • Amparo Millán Responde

      Hola Angeles

      Bienvenida a esta página y muchas gracias por comentar! Efectivamente, no hay por qué sentirse mal por vivir mejor que los demás o por tener ciertas habilidades (¿a quién le perjudica que tú vivas bien?).

      Como bien dices al final, date permiso para BRILLAR. Creo que esta es una de las necesidades más escondidas dentro de todos nosotros. Para algunos brillar significará destacar en algún trabajo, arte, deporte, etc., para otros liderar una familia maravillosa, para otros ser una persona encantadora y llena de carisma y para otros llevar adelante un negocio con habilidad. Sea cual sea, tenemos el deber de descubrir nuestro brillo y pulirlo, porque además, todo ello va EN BENEFICIO de los que nos rodean, ¡siempre!

      Un abrazo!

  2. Guau Amparo, creo que has dado en el clavo totalmente. Quizás venga por ahi la inseguridad que siento al hablar en público (¿recuerdas nuestra conversación?)
    Vengo de una familia humilde y muy trabajadora y si un día no me he matado a trabajar, he sido productiva y encima he ganado dinero me siento mal, como si no hubiese hecho lo suficiente.
    El hecho de hablar delante de un grupo de gente y que alguien alabe mi trabajo me hace sentir un poco impostora, parece que si desmereces tu trabajo y eres humilde lo haces bien pero si te pones delante de un montón de gente, hablas, lo haces bien y te sientes orgullosa estás haciendo algo mal, no estás siendo humilde.
    Esta educación que recibimos, sobre todo las mujeres, nos enseña que la humildad es una virtud cuando la mayor virtud es el amor, hacia ti, los demás y también hacia tus logros.

    • Amparo Millán Responde

      Hola Laura,

      Bienvenida a este espacio. Me ha ENCANTADO tu comentario, tan certero, tan auténtico. Efectivamente, algunas personas provenimos de una educación demasiado rígida y centrada en la culpa. Parece que SÓLO se puede ganar dinero y/o sentirse satisfecha con una misma si ha sido por medio de un sacrificio enorme… Cuando lo ideal sería justo lo contrario (divertirse, tener equilibrio personal y profesional y ganar dinero). Y además, está «mal visto» reconocer abiertamente lo que una hace bien, pero si lo pensamos, ¿quién se beneficia de esto? ¿Quién se beneficia de esa falsa humildad? Y volviendo al tema del sacrificio ¿a quién beneficia de que «nos matemos» a trabajar?

      Tu frase final es para ponerle un fondo bonito y subirla al facebook… «Nos enseñan que la humildad es una virtud cuando la mayor virtud es el amor, hacia ti, los demás y también hacia tus logros». Me dejas sin nada que añadir.

      Un fuerte abrazo y espero que vuelvas por aquí,

      Amparo.

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