La semana pasada escribí un artículo contando 3 maneras para averiguar lo que queremos (porque a veces no lo tenemos claro, nos cuesta decidir qué sería mejor para nosotros). Una persona en los comentarios preguntó, inteligentemente: muy bien, pero cuando tenga esa respuesta, ¿qué hago? ¿por dónde empiezo a materializar eso que quiero?

Bueno, aquí está el quid de la cuestión. No basta con saber lo que queremos. Hay que ponerse, de alguna manera, a dar los pasos necesarios para traer ese sueño de la imaginación a la realidad.

En este proceso de materializar (he de decir que me encanta este término, «materializar», hacer visible lo invisible, aterrizar las ideas en el mundo físico) hay dos palabras que tienen que ser nuestra guía.

Dos palabras que resumen la base de este proceso de materialización.

Te voy a contar a continuación cuáles son esas dos palabras mágicas, pero déjame hacer antes un apunte sobre este proceso de buscar respuestas y descubrir qué queremos de verdad…

 

Tenemos mucha prisa en pasar a la acción

Casi siempre, cuando detectamos algún problema o incomodidad en nuestra vida, nos viene con urgencia el impulso de actuar.

Es algo automático, nos preguntamos qué nos puede estar ocurriendo, encontramos una posible respuesta y a los cinco segundos se activa un resorte interior que dice: vale, muy bien esto que he averiguado, ¿PERO QUÉ HAGO?

Ok, perfecto, acabo de ver que en mi trabajo actual no soy feliz, ¿¡y qué hago ahora!?
Vale, lo reconozco, el problema con mi pareja se debe a que estoy ausente todo el día, pensando en mis cosas, ¿y qué, cómo actúo entonces?
Sí, es cierto, utilizo la comida para calmar mi hambre emocional, ¿pero qué hago? No sé hacer otra cosa…

Qué hago, cómo, por dónde empiezo, esto es lo primero que nos viene a la mente al descubrir una revelación. Es triste, porque igual un día encontramos LA respuesta que llevamos buscando desde hace diez años y, acto seguido, queremos hacer algo con ello, en vez de quedarnos un rato en silencio digiriendo esa respuesta.

Yo te invito a pensar: ¿y si durante un tiempo no hicieras nada? ¿Y si te enfocas sólo en AVERIGUAR qué es lo que quieres, cuál es tu objetivo, qué deseo quiere abrirse paso pero no le dejas? Imagina simplemente indagar en esa respuesta, durante días, semanas, perfilando ese propósito, visualizando cómo sería tu vida si lo consigues, sin sentir esas ansias por actuar lo antes posible…

O sea que la primera recomendación para materializar tus deseos podría ser sólo pensar y no tener prisa. Invertir tiempo en descubrir qué es lo que quieres, olvidándote de qué y cómo lo vas a poner en práctica. Y también deleitarte con ese proceso de encontrar verdades esenciales, como el que disfruta de un atardecer, sin pensar en qué va a hacer inmediatamente después.

 

2. El poder de la intención

Dicho esto, volvamos al objetivo inicial de este artículo que trata de dos palabras clave para materializar cualquier deseo y la primera es la INTENCIÓN.

Una vez que hemos visto hacia dónde queremos ir, tenemos que tomar la determinación de ponernos en camino. Esta fase es muy sutil porque es un puente entre la imaginación y la acción sobre la que no solemos poner conciencia. Pero está claro que antes de acometer cualquier proyecto tenemos que DECIDIR hacerlo, querer hacerlo, poner la intención de empezar.

Todo gran cambio empieza con una decisión. - ¡Twitea esto!

Ejemplo de intenciones son las siguientes:

Sí, vale, voy a empezar una terapia psicológica porque lo necesito. Es el momento.
Sí, me voy a apuntar a clases de inglés, está decidido.
Sí, ha llegado el momento de hacer algo diferente con mi vida, ya no hay vuelta atrás.

Poner intención en hacer algo no es empezar a actuar. Es un paso previo. Es una fase breve en la que (aún) no hay que ocuparse de diseñar una estrategia o un plan de acción, simplemente hay que decidir si vamos a hacer algo o no, con todo lo que eso implica. Es decir, tenemos que estimar si estamos dispuestos a pagar los precios necesarios para conseguir nuestro objetivo. Y si no es así, desestimarlo.

La intención tiene un enorme poder, nos mantiene centrados en el resultado que queremos aunque no tengamos ni idea de qué hacer. De hecho, podemos estar en esta fase de intención durante semanas e incluso meses, y en cierta manera estamos materializando un propósito, porque ya nos hemos decidido a ello.

Una frase que resumiría esta fase de intención sería: «No tengo ni idea de qué hacer y por dónde empezar pero quiero cambiar X» Quiero hacerlo y VOY A HACERLO. Esa va a ser mi decisión de aquí a los próximos cinco años. Y aunque aún no sé cómo, sé que al poner la intención en algún momento encontraré los recursos, la ayuda, la claridad o el coraje para hacer este cambio posible.»

La intención poderosa consiste en aliarse con una decisión irrevocable y recordarla cada día.

 

3. El poder del compromiso

Finalmente, llega el momento de materializar esa intención y aquí entra en juego otra palabra mágica: el compromiso.

Si queremos conseguir un sueño, o cambiar ese aspecto de nuestra personalidad que nos destroza la vida (o a los demás) tenemos que comprometernos con pequeñas acciones que nos encaminen a ello.

Lo importante para lograr una meta no es ser muy inteligentes, o muy sacrificados, o tener mucho tiempo/dinero disponibles, sino tener bien claro qué tareas concretas tenemos que hacer y perseverar en ellas.

El compromiso, al igual que la intención, es una facultad que se renueva cada día. Cuando nos casamos con alguien nos comprometemos a alimentar esa relación día tras día, no sólo el día de la boda. Lo mismo pasa con nuestras aspiraciones: requieren un compromiso de acción continuado, de nada sirve avanzar mucho un día y luego perder el hilo durante los meses siguientes.

Para mí, una forma genial de conseguir cualquier cosa es por medio del desarrollo de nuevos hábitos. Los hábitos son pequeñas rutinas fáciles de iniciar pero que exigen un trabajo constante y diario, por tanto, comprometido.

Elige un proyecto, determina qué hábitos lo hacen posible, comprométete con hacer esos pasos cada día, como una hormiguita, y conquistarás el mundo.

 

Recapitulando

Para materializar un objetivo o necesidad en tu vida:

1. No tengas prisa. Invierte tiempo en indagar sobre la respuesta, qué es lo que quieres, por qué, quién eres tú, qué opciones tienes, qué camino te gustaría. No tienes que empezar a hacer nada todavía, sólo necesitas darte cuenta, cada vez más, de dónde están los escollos y las oportunidades en tu vida.

2. Toma la decisión de hacerlo real. Aquí todavía no tienes que saber cómo actuar, pero sí poner la intención de hacer lo que sea necesario, aunque sea difícil. Todo tiene un precio, y en el camino hacia tu objetivo tienes que DECIDIR antes de emprenderlo si los vas a pagar.

3. Busca el compromiso con tu decisión a través de una pequeña acción continuada (un hábito). Renueva este compromiso de actuar cada día, o en cada período de tiempo que estimes oportuno.

Intención y compromiso, dos palabras mágicas para recordar que te mantendrán enfocado en ese apasionante proyecto de convertir tus sueños en realidad, y que son la base de mi curso «21 días para impulsar tus proyectos». Haz que también sean la base de tu vida.

 


Créditos de la imagen: Stencil

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4 Comentarios

  1. Buenos días Amparo, ¡Qué ilusión recibir al fin tus correos! Agradecerte también que hayas enfocado el artículo hacía las cuestiones que te comenté. Siempre me he considerado una persona paciente, pero hay momentos en los que coinciden varios factores que te arrastran hacia la impaciencia; en mi vida ya hay varios compromisos fuertes y cuando se trata de pensar en mí, me toca jugar al Tetris. A veces quieres reventar, romper con todo y que el cambio se produzca YA… Y claro, el resultado es el mayor de los fracasos. Además, y en pleno bajón moral, toca arreglar el desastre… Así que sí, merece la pena respirar dos veces y ser pacientes. Muchas gracias por tus ideas, te las tomo prestadas…
    Te espero el sábado. Que tengas buena semana…

    • Amparo Millán Responde

      Hola Elena, es así tal como lo cuentas: cuanto tomamos acciones impulsivas producto de la impaciencia (¿quién no lo ha hecho?) el resultado a veces es un desastre… Claro, tenemos tantas ganas de cambiar que hacemos lo primero que se nos ocurre, impulsivamente, lo cual no es aconsejable.

      Por lo que cuentas, estás en la fase de INTENCIÓN: quieres un cambio, lo deseas, lo llevas planteando un tiempo… pero todavía no te has comprometido con la acción. No pasa nada, yo de hecho te animaría a respirar y seguir en esta fase, sin prisa. Contacta con ese deseo, es lindo sentir que tenemos un sueño, que queremos algo nuevo. Sigue pensando y concretando qué quieres, cómo lo podrías hacer, a qué cambios (algunos agradables, otros desagradables) tendrías que hacer frente, si estás dispuesta a pagar los precios, si necesitas recursos que no tienes (dinero, tiempo, ayuda, seguridad en ti misma, etc.)

      De momento no hace falta HACER NADA sólo pensar, dar vueltas, ver opciones y sentir. De verdad que cuando sea el momento de actuar, en pequeñito, te darás cuenta.

      Un abrazo grande y feliz semana!

      • Me ha impactado la primera frase đe tu comentario: cuando tomamos acciones impulsivas, etc. Es lo que me ha pasado a mi, por tener prisas en hacer algo que no era tan urgente, tuve mi accidente con una grave lesión que me obliga al estar inactivo varios meses. Espero sacar alguna enseñanza de este percance. Ahora tengo tiempo de leer sobre muchos temas y he descubierto la RESILIENCIA. Y creo que cuando salga de esta seré un poco más sabio que antes y sabré aprovecharlo.

        • Amparo Millán Responde

          Seguro que estás sacando valiosas enseñanzas de tu inmovilidad involuntaria. Sería útil que te plantearas de dónde viene esa prisa, esa impulsividad (para mí, la impulsividad es el miedo disfrazado de falsa valentía y arrojo). Siempre es un buen momento para contactar con nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras heridas antiguas… A veces huimos tanto de ellas que las acabamos olvidando, pero siempre están ahí. Ánimo!

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