Algo que los antiguos sabios y la mayoría de las tradiciones espirituales llevan preguntándose desde hace centenares de años, por no decir milenios, es lo siguiente ¿dónde está el origen de la felicidad y la satisfacción en la vida?

Dicho de otra manera, ¿qué pasos hemos de seguir para ser felices? ¿Depende este sentimiento de las decisiones que tomamos en el mundo exterior o es, más bien, un sentimiento interno que podríamos tener no matter what?

Quiero compartir contigo cuál es mi respuesta a esta pregunta, con la esperanza de que quites un poco de importancia a las circunstancias de tu vida, que es donde habitualmente pensamos que está la felicidad.

Y para reflexionar sobre este tema, voy a traer un par de ejemplos reales, uno de una de mis clientas y otro personal, mío propio.

Empecemos por Mayte, una de mis clientas de mi programa ESENCIAL que está valorando un cambio de trabajo. Esto suele ser algo bastante habitual en las personas que acuden a terapia: generalmente vamos por un tema emocional, porque nos sentimos vacíos, o ansiosos, o con una tristeza sutil pero permanente que nos impide disfrutar de la vida y, a la vez que vamos liberando y poniendo orden en estas emociones, el mundo de afuera también va cambiando y aparecen nuevas oportunidades.

En este caso, un posible cambio de trabajo.

Hasta aquí, todo bien, porque esta mujer en concreto llevaba un tiempo sintiéndose estresada en su trabajo actual, muy exigente en cuanto a horario y obligaciones, y esta propuesta encaja más con el estilo de vida que quiere crear, con más tiempo libre para dedicar a sus aficiones y personas queridas.

El tema es que, ante esta decisión, ha hecho su aparición el conocido miedo al fracaso (¿y si este cambio de trabajo en realidad es a peor? ¿y si no encajo en esta nueva empresa, con los nuevos compañeros? ¿y si acaba quebrando esta compañía, que no es tan estable como la que estoy, y me voy al paro?) y también ha surgido una angustia creciente y desproporcionada por si (escucha bien, que esto es importante y quizás te pase a ti también) este cambio no es lo esperado.

O sea, lo que más preocupa a Mayte es poner unas expectativas exageradas en su nuevo trabajo, y que luego éste no sea lo que había pensado y se decepcione.

Ahora que se ve más centrada y con más claridad sobre lo que quiere, le abruma pensar que esta burbuja de ilusión por haber conseguido un trabajo más coherente con sus nuevos valores (más tiempo libre, menor presión) explote y vea que, interiormente, se sigue sintiendo encadenada los lunes por la mañana.

Es una situación que esconde una enseñanza muy valiosa, que ahora te voy a expresar a continuación, pero antes me gustaría que te pusieras en el papel de un observador externo y veas qué es lo que en realidad está pasando aquí…

¿De dónde viene esta ansiedad, esta angustia, si ese cambio es prometedor? ¿Cómo se podría encarar de manera más saludable esta decisión de cambiar de trabajo?

Porque ahora mismo Mayte siente que, haga lo que haga, se va a equivocar: mal si se queda en el mismo trabajo, porque ya sabe que no encaja con su estilo de vida, y hay un riesgo grande a desilusionarse si al final este cambio no le trae la calma y el bienestar que busca.

Y mira, aquí, en esta última frase, está la trampa….

Porque esperar que una decisión determinada, que equivale a una circunstancia externa a nosotros, nos traiga «calma y bienestar» (o cualquier otra cosa: motivación, alegría de vivir, paciencia) es darle un exagerado poder a algo externo, que no podemos controlar del todo.

Dicho de otra manera: lo más importante para llevar una vida plena y feliz no es ni el trabajo, ni la pareja, ni el lugar donde vives, ni siquiera tu aspecto físico, lo más importante es lo que nos pasa por dentro. Cómo piensa nuestra mente, cómo de compasivo es nuestro corazón, si nuestro deseo y fuerza vital están despiertos o dormidos.

Las circunstancias de afuera obviamente INFLUYEN en nuestra felicidad. A veces muy decisivamente, sobre todo si son nefastas (si estás viviendo en medio de una guerra o en una hambruna, ya me dirás). Esto no quiero ni puedo negarlo.

No obstante, y sin ir a situaciones tan extremas, podemos asumir que jamás algo de afuera nos va a dar una sensación de satisfacción y felicidad si no la sentimos en nuestro interior.

Es decir, que por muy bueno que sea un trabajo, y excelentes las condiciones, de ninguna manera podrá suplir un vacío interior, una falta de autoestima o una manera de enfrentarse a la vida desde el miedo.

Sin embargo, creemos que puede ser así. Y esto es lo que nos causa angustia y presión a la hora de encarar las decisiones. Creemos que si nos equivocamos al elegir carrera profesional, o empresa para trabajar, o lugar de residencia, o esposa, o marido, estamos arriesgando nuestro futuro bienestar emocional.

Ponemos en las circunstancias de afuera todo el peso, todo el poder, toda la responsabilidad de «hacernos o no felices».

Por eso, yo lo que yo le dije a Mayte, y le diría a todas las personas que se identifiquen con esta situación, es:

Tranquila. Toda la paz interior, la autoestima, el bienestar emocional que estás consiguiendo a través de este proceso de autoconocimiento y conexión con tus deseos son tuyos. No te los pueden arrebatar. Ni una persona, ni un trabajo que luego no es como imaginabas, ni una circunstancia externa.

Puedes encarar esta nueva oportunidad laboral desde la curiosidad de «a ver qué pasa», probando cómo te desenvuelves en otros ambientes, chequeando si sabes aprovechar el mayor tiempo libre que tienes (a lo mejor te cuesta, porque estás demasiado acostumbrada a trabajar).

Si este nuevo trabajo no te acaba de convencer, siempre habrá más oportunidades. Pero pase lo que pase, no le pidas a un trabajo (o a una pareja, o a unas vacaciones) que «solucione» tu vida. Esto es algo que se hace desde dentro, a diario y con mucho amor y conciencia.

Tu trabajo no tiene la misión de hacerte feliz, eres tú

 

Segundo ejemplo de cómo la felicidad no está supeditada a algo externo

Voy a ponerte ahora un segundo ejemplo más personal.

Verás, mi familia y yo llevamos un tiempo buscando una casa para comprar aquí en Ciudad Real. No podría contar en cuántas casas he vivido desde que me independicé, por circunstancias varias, pero igual me salen unas veinte. O sea, más o menos he aprendido qué me hacen la vida fácil dentro de una casa y qué cosas sobran o la complican.

Como cualquier persona sensata, tengo mi lista de requisitos de qué cosas debería tener un inmueble para que me guste y la vida en él sea lo más agradable posible. Es absolutamente cierto que hay estancias que facilitan la vida diaria y la conexión (por ejemplo, un salón amplio, una terraza estupenda, una cocina en la que pueda estar más de una persona cocinando) y otras condiciones que hacen una casa triste e incómoda.

De la misma manera, para mí es muy importante el barrio a la hora de vivir. Me gustan las calles bulliciosas y llenas de gente, tiendas y cafeterías. Esos tranquilos barrios apartados del centro de la ciudad, con casas bonitas, árboles y anchas avenidas, me deprimen. Qué le vamos a hacer, cada uno es como es.

Es decir, ahora mismo me encuentro ante una decisión importante: la de comprar un casa en la que pueda desarrollar mi vida cotidiana con practicidad y alegría, y por eso no me estoy precipitando en el proceso y estoy valorando mucho cada opción, qué me trae de positivo y de negativo.

Sin embargo, y a pesar de esta prudencia, este proceso no me está suponiendo ninguna tensión ni angustia. ¿Y sabes por qué? Porque sé que la influencia última sobre mi vida, mi felicidad, mi estado emocional NO recae en una casa perfecta, sino sobre mí.

Una casa concreta me puede facilitar el crear un hogar, pero no va a ser determinante. Eso es cosa mía.

Un barrio me puede gustar más o menos, es más los que son exclusivamente residenciales están descartados, pero al final lo que yo haga en ese barrio, la gente maja que conozca o que no, los paseos que pueda dar, las actividades que pueda hacer, depende de mí.

Y esto es así para la bueno y para lo malo. Podría encontrar una casa de ensueño y no aprovecharla porque la relación con mis seres queridos es distante, o porque hay gritos y peleas, o porque no tengo amigos a los que invitar a mi comedor de diseño, o porque interiormente me encuentro mal y eso no hay decoración que pueda arregarlo.

De hecho, cuántas casa bonitas y deslumbrantes no esconden una familia infeliz; o cuántas personas que tienen trabajos lucrativos, seguros y bien pagados no se sienten miserables a pesar de estas buenas condiciones.

Y también pasa al contrario: se puede formar un hogar prácticamente en cualquier sitio, aun en casas pequeñas y sencillas, y hay personas en trabajos que no son los ideales que tienen ilusiones y alegría de vivir.

Esto me recuerda que, hace años, yo viví en una casa que era pequeñita, antigua y estaba en un barrio un poco feo (si hay alguien que me lee que viva en Toledo capital, mi casa estaba en el barrio de Palomarejos, en una zona en concreto que llamaban «Corea»). Sin embargo, ahí pasé con mis amigos parte de los mejores años de mi vida. Hacíamos muchas reuniones, fiestas, cenas, y yo esa casa la sentí como un hogar, me encantaba estar ahí. Además la asocio a una sensación guay de madurez e independencia, ya que fue donde viví cuando conseguí mis primeros trabajos y gané mi propio dinero.

Seguro que tú también recuerdas épocas de tu vida donde, quizás, el exterior no era lo ideal y lo perfecto que es ahora, y sin embargo te sentías feliz, o satisfecho, o lleno de vida.

Porque el CONTENIDO (el fondo, el interior) importaba más que la FORMA (lo material, lo exterior).

Y sigue siendo así.

¿Cuál es entonces la enseñanza? ¿Significa esto que no deberías dedicar un tiempo prudente a sopesar tus decisiones?

¡Nooo, para nada!

Yo soy una defensora total de hacer un buen ánalisis de lo que implica cada opción cuando nos enfrentamos a una decisión. En concreto, en el capítulo 7 de mi libro «Cómo tomar decisiones difíciles» describo algunas preguntas que ayudan a tomar buenas decisiones, como por ejemplo:

  • ¿Qué es lo que va a traer, tanto positivo como negativo, cada uno de los caminos que tienes frente a ti?
  • ¿Puedes compatibilizar más de una opción?
  • ¿Cómo puedes compensar los inconvenientes de cada elección?
  • ¿Qué alternativa está más alineada con tus valores actuales?
  • Y la que yo llamo mi pregunta estrella: de los escenarios que se te plantean, ¿cuál es el que más te apetece vivir?

O sea, tomar una decisión consciente es importante, pero para quitarnos toda la presión innecesaria hay que tener en cuenta lo que te he compartido en este artículo a través de la historia de Mayte y la mía propia:

En última instancia, tu felicidad no depende de nada externo.

 

Y depende indefectiblemente de tu filtro interno: del placer que eres capaz de generar, de si puedes tener compasión hacia ti cuando te equivoques, de la calidad de tus relaciones y de tener o no esa chispa vital que hace de cada reto algo emocionante y que tiende a ver una salida incluso en los momentos más difíciles.

Teniendo esto en cuenta, ninguna opción de vida tiene el poder de darte o arrebatarte la felicidad, ése sólo lo tienes tú.

Espero que conoces esta verdad disuelva esa angustia innecesaria que acompaña nuestras decisiones (y que nos lleva a postergarlas o a tomarlas, pero con miedo y tensión).

Y si quieres seguir profundizando en este tipo de razonamientos, e incluso cambiar tu visión de la vida (dejar de verla como un laberinto en el que te puedes equivocar y perder), te invito a leer mi primera obra: «Cómo tomar decisiones difíciles». Puedes ver los puntos de venta haciendo clic en la imagen inferior.

 

 

Libro: cómo tomar decisiones difíciles - Amparo Millán¡Gracias por leer y te espero en un próximo artículo de mi blog!

 

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