Todo lo que nos pasa nos pertenece.

Los logros, los fracasos, las buenas relaciones, las relaciones que acaban como el rosario de la aurora, las alegrías, las penas, los miedos, las oportunidades que llegan y las que se acaban.

Lo que nos ocurre no es independiente de nosotros, aunque a veces no sepamos muy bien qué hemos tenido que ver.

 

Dice el refrán que «quien siembra vientos, recoge tempestades» y seguro que has constatado que es así: lo que sembramos, lo recogemos al llegar la época de cosecha. En esto la vida es implacable.

Si sembramos con conciencia, con bondad, con inteligencia, con buenas prácticas, la cosecha será un éxito y podremos danzar y celebrar nuestra «suerte» (que no es suerte, sino un resultado lógico) con nuestros amigos.

Ahora… si sembramos de malas maneras o sin saber lo que estamos haciendo, actuando irresponsablemente sin pensar en las consecuencias, la cosecha puede ser terrorífica…

En definitiva: los éxitos o los fracasos, la paz o el malestar, no aparecen en nuestra vida por casualidad.

Aparecen como resultado de un millón de pequeñas acciones y decisiones que hemos ido tomando día tras día. Como dice Ángel Alegre en su artículo «el miedo a la libertad«: «Estás exactamente donde te mereces estar»

Eres el resultado de tus decisiones
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Por ejemplo, cuando se es una persona responsable, organizada, estudiosa y perseverante, los logros académicos están asegurados. No ha sido «suerte», es la consecuencia lógica de una serie de comportamientos.

O si una persona se ha preocupado de cultivar la empatía, tratarse bien, tratar bien a los demás, ser comprensiva y (en lo posible) responder a las necesidades de los otros sin perjudicar sus propias necesidades, su vida emocional y afectiva será de película. No puede ser de otra manera.

Y si una persona ha sufrido, se ha equivocado, ha bajado al abismo… y de todo ello ha aprendido, ha crecido, ha resurgido como el ave fénix, se convertirá en una persona sabia capaz de iluminar el camino a los demás.

En fin, estas cosas no son casualidad. En nuestra vida diaria se manifiesta lo que se ha ido gestando a lo largo de muuuucho tiempo.

A veces estos procesos son tan lentos que podemos perder el hilo de cuál fue el origen de nuestro bienestar o malestar. Pero si mirásemos con lupa año tras año, mes tras mes, día tras día, podríamos ver cómo hemos ido abonando lentamente el terreno de nuestra realidad actual.

 

¿Somos víctimas o somos responsables?

En realidad, ser víctima o ser responsable, si lo miramos desde fuera, es un poco lo mismo. Ante un problema, la víctima y el responsable están en medio, algo les ha pasado que les está afectando negativamente. La diferencia está en la actitud con la que encaran esta situación.

En el primer caso, la víctima no se hace cargo de nada ¡lo que le sucede es culpa de su marido, de su mujer, de su hijo, de la sociedad, de la crisis, del jefe, de la víbora de su vecina, de ese amigo desagradecido!

La víctima siempre encuentra alguna persona, grupo social o institución a quien culpar y no sólo eso sino que no toma parte de lo sucedido. Como es una víctima no tiene nada que rectificar ni nada que pararse a evaluar. Por ello lo único que hace es llorar, quejarse y buscar que sus seres queridos le den la razón («sí, es verdad, eres una víctima, no te lo merecías, nada de esto es culpa tuya, pobrecit@…«)

La persona responsable que se ve envuelta en una situación difícil hace algo muy diferente. Para empezar, se siente parte de lo que ha pasado. Sabe que de alguna forma, más visible o invisible, está implicada en esa situación.

Por ejemplo pensemos alguien que ha sido estafado por un familiar. Está claro que la mayor responsabilidad corresponde al estafador, pero el que ha prestado el dinero también tiene algo para pensar: ¿Quizás es demasiado ingenuo? ¿Tal vez le convendría desarrollar su intuición, para ver en qué situaciones no es aconsejable meterse? ¿Debería haber investigado un poco más antes de prestar el dinero tan alegremente? ¿Quizás está demasiado atrapado en la telaraña familiar?

La persona responsable no sólo reconoce «su parte del trato» sino que además tiene la valentía y el compromiso de hacer algo para remediar o salir de esa situación.

Mientras que una víctima ha perdido todo su poder y sólo sabe llorar o gritar, quien se hace responsable suspira, se arremanga y se dice a sí mismo:

«Bueno… lo pasado pasado está y no tiene solución. Pero a partir de ahora, las cosas pueden ser diferentes. Voy a ver qué puedo hacer para mejorar esta situación«.

Y aquí, querido lector, está la magia.

Porque en última instancia, la responsabilidad es poder.

 

El papel de víctimas, aunque es cómodo, nos convierte en animalitos desvalidos, por eso a largo plazo no tiene ninguna ventaja.

Recuperar el poder individual que todos tenemos (y lo tenemos: fue ese poder el que nos hizo atravesar el estrecho canal de parto, aprender a caminar, hablar, atravesar una juventud difícil, conseguir trabajos, superar rupturas amorosas, duelos, peleas ¡hemos hecho tantas cosas!) recuperar ese poder, como decía, pasa por asumir la responsabilidad de lo bueno y lo malo que tenemos hoy.

Y sí, lo sé, no TODO lo que ocurre está en nuestra mano. Por ejemplo, puede ocurrir un desastre natural que inunde nuestra casa (¿y quién puede prever los desastres naturales?) o un conductor borracho puede impactar con nosotros en medio de la carretera. Pero estas situaciones son más bien excepcionales… Podemos tener dos, tres, cinco, no más a lo largo de todo un año. Lo más habitual es que recolectemos lo que hemos sembrado, incluso si no sabíamos que estábamos sembrando.

De todas formas, incluso si vivimos circunstancias que no hemos provocado ni hemos tenido nada que ver, siempre tenemos una cuota de responsabilidad que nunca vamos a perder: nuestra actitud.

Lo expresó maravillosamente Víctor Frankl en «El hombre en busca de sentido»:

Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.

Por eso, cuando estemos tan ofuscados que no sepamos lo que hacer, cuando nuestra libertad de movimientos se vea muy restringida por circunstancias externas, o cuando vivamos acontecimientos que no podemos cambiar, sólo queda una alternativa: buscar un sentido a ese sufrimiento. Si lo hacemos así, estamos siendo responsables.

 

La diferencia entre hacerte la víctima y ser responsable de tu vida
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¿Por qué cuesta tanto hacernos responsables de lo que generamos?

La verdad que no es difícil entender esa ley universal de «recojo lo que siembro». Tampoco es difícil entender la diferencia entre una persona víctima y una persona responsable.

La pregunta entonces es: ¿por qué no aceptamos esta ley y vivimos en base a ella? ¿O por qué nos cuesta tanto no ya comprender, sino vivir como personas responsables?

Hay fundamentalmente dos razones: primero, porque es doloroso reconocer los errores y segundo, por falta de costumbre en observar nuestra vida. Explicaré las dos con más detalle:

 

1. Lo doloroso de reconocer que nos hemos equivocado

Reconocer nuestros errores es doloroso e incluso humillante. Algunos estarían dispuestos a morir antes que admitir que han estado 30 años comportándose de la manera equivocada. O que han tratado mal a las personas que menos lo merecían. O que han cometido fallos estúpidos por no atreverse a pedir ayuda.

El hecho de que la gente no se disculpe fácilmente y que todos nos esforcemos por esconder «nuestra basura» debajo de la alfombra, es la prueba de que admitir las equivocaciones es una tarea sólo para valientes.

¿Sabes? A mí también me cuesta sangre, sudor y lágrimas admitir mis propios errores. Cuando estoy en medio de una situación que me desborda, LO ÚLTIMO que me apetece (en serio: lo último) es ver cómo yo he contribuido a ello…

Sin embargo, sé que tengo que hacerlo. Porque no hay otra vía para mejorar y prevenir futuros desastres que evaluar milimétricamente mis acciones: qué he hecho, qué he dejado de hacer, en qué momento me perdí, en qué momento elegí mal, en qué momento me dijeron algo y no me di cuenta, en qué momento fui agresiva con otra persona, en qué momento fueron agresivos conmigo y no lo registré, cuando cedí sin querer, cuando no cedí y en realidad me daba igual, etcétera, etcétera…

Es tan doloroso reconocer nuestros errores que cuando tenemos un problema el primer impulso es considerarnos inocentes y culpar al destino (o a personas concretas) de nuestros males. Este es un mecanismo de defensa para no enfrentarnos con el dolor o la vergüenza y en un primer momento está bien, no hay nada de malo en victimizarnos un poco.

Pero luego, cuando nos calmamos, o cuando el tiempo ha pasado y podemos mirar los problemas con perspectiva, reconocer dónde nos equivocamos es la mejor alternativa posible. Es la única manera de aprender del pasado para mejorar el futuro, aunque duela y moleste.

En caso de no hacerlo así y mantenernos perpetuamente en la actitud de víctimas, seguiremos tropezando una y otra vez en la misma piedra… y «nuestras cosechas» serán cada vez de peor calidad.

 

2. La falta de observación

La segunda razón por la que no asumimos que somos responsables de lo que nos pasa es por desconocimiento.

Si vivimos desconectados, sin conciencia y centrados en nuestro mundo imaginario más que en la realidad, posiblemente no tenemos ni idea de los pequeños inconvenientes que estamos generando, o de las amenazas que se avecinan.

Muchas veces estamos tan absortos con las noticias de la tele, las apariencias, el consumismo, un problema sin importancia o divertirnos todo el tiempo que no prestamos atención al humo que sale de la chimenea del volcán, así que cuando el volcán entra en erupción nos pilla totalmente desprevenidos,  ¡pero si el humo estaba ahí desde hacía un año!

Esto es igual que cuando decimos que en tal o cual familia ha aparecido un problema «de repente». «De repente», justo cuando la policía acaba de detenerlo, los padres se dan cuenta de que el hijo es drogadicto y roba dinero. «De repente» la mujer descubre que su marido tiene deudas millonarias y le van a embargar la casa. «De repente» uno de los cónyuges descubre que el otro tiene una relación paralela desde hace varios años.

A ver, seamos serios: ¿de verdad estos problemas no han dado la cara con anterioridad? ¿O es más bien que no hemos atendido las pequeñas señales que nos llegaban, distraídos con tantas cosas, o preferimos mirar hacia otro lado?

Volviendo a los casos anteriores, ningún hijo se vuelve drogadicto de la noche a la mañana, así como quien no quiere la cosa, sin mostrar cambios paulatinos en el estado de ánimo. Tampoco ninguna persona acumula deudas millonarias «de repente», sin que haya ningún indicio en los meses anteriores (las adicciones al juego, por ejemplo, se mantienen durante muchos años). Y ninguna relación de pareja paralela se sostiene sin cierta complicidad inconsciente del otro lado, del tipo: bueno, tú haz lo que quieras, yo hago como que no sé nada…

Todos los acontecimientos importantes que vivimos van dejando pequeñas pistas en el camino, como las miguitas de pan que tiraban los niños en el cuento de Hansel y Gretel. Para ver esas miguitas de pan tenemos que caminar ATENTOS mirando al suelo. Si vamos canturreando por el bosque mirando a los árboles y los pajaritos… perderemos el rastro a los tres pasos.

Por ello, si quieres ser responsable en tu vida, tendrás que apartar tu mirada de las cosas que no importan y observar con atención lo que pasa en tu casa, en tu trabajo, en tu vecindad, en tu estado de ánimo y en tu propio cuerpo. No valen las excusas de «no lo vi venir» porque quien quiere, permanece atento a lo que sucede.

No te culpes, no es momento de eso ahora, pero sí reconoce tu responsabilidad por haber preferido mirar hacia otro lado.

 

Resumen y algunas soluciones.

Todo este largo texto se podría resumir en la frase que aparece en el título: lo que pasa en nuestra vida nos pertenece.

Nos merecemos las alegrías recibidas y también nuestros disgustos. Nos guste o no, así funcionan las cosas.

Podemos entender que esto es una ley inquebrantable y a partir de ahora hacernos responsables de cambiar las cosas, o podemos quedarnos en el papel de víctimas y seguir creyendo que no somos culpables de nada y por tanto, que siempre estaremos a merced de las circunstancias.

El futuro prometedor sólo aguarda a los que deciden ser responsables y para estas personas hay dos cosas que tienen que convertirse en hábitos:

1. Reconocer las equivocaciones. Enfrentar con valentía las situaciones difíciles y revisar cuáles han sido los pasos que han conducido hasta ellas. A veces sólo hace falta retroceder un par de meses, otras tocará revisar casi toda la vida.

2. Vivir más en el presente y observar lo que pasa alrededor. Es necesario salir de uno mismo y prestar atención a las señales que pueden indicar que se avecina una amenaza: ¿las personas que viven conmigo están diferentes? ¿me siento mal y no sé por qué? ¿hay una sensación de agresividad contenida en el ambiente? ¿algo que antes me hacía feliz ahora no me llena? ¿estoy molestando a alguien sin saberlo? ¿me están molestando y no digo nada?

 

Por último, en vez de caer en la culpa y el derrotismo al asumir que formamos parte del problema (que esto es algo que pasa mucho, nos parece tan descorazonador haber causado una situación difícil que nos quedamos inmóviles ahí) hay una emoción mucho más útil para nuestro propósito: LA ILUSIÓN.

Sí, cambiemos la culpa y el pesimismo por la ilusión.

 

Ser responsables significa vivir con la ilusión de que cada día podemos ser mejores profesionales y mejores personas ¡tenemos el poder para ello!

Vivir registrando lo que pasa dentro y fuera de nosotros es emocionante porque a cada momento descubrimos más y más de nosotros mismos y del entorno (¡incluso es divertido, desarrollamos la capacidad de predecir!)

Y en vez de sentirnos apabullados por la responsabilidad de nuestras acciones, podemos estar seguros de que si sembramos una nueva cosecha con mimo, y la regamos, y somos pacientes, los frutos recibidos van a ser sanos y jugosos. Si esto no es apasionante…

Al final asumir retos, equivocarnos, rectificar, atravesar experiencias e intentar ser cada día mejores (para luego volvernos a equivocar a los diez minutos) ¡significa que estamos vivos! En esto consiste el camino del ser humano: transitar experiencias, equivocarse y aprender, y seguir intentando cada día vivir mejor, amar más y sembrar con buenas intenciones para recoger frutos espléndidos.

Cada mañana puede ser un nuevo comienzo y enlazarnos con esta verdad desde lo profundo de nosotros es un motivo de ilusión día tras día.

Así que… comprometámonos de corazón a ser responsables a partir de ahora.

Y brindemos.

Por ti.

Por mí.

Y porque siempre, siempre, siempre estamos a tiempo de rectificar y asumir nuestro poder personal, con alegría.

¡Chin, chin!

 


A heart award for you deHartwig HKD via Flickr Creative Commons

 


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7 Comentarios

  1. Un gran artículo el de hoy, Amparo. O igual es que justo estoy sufriendo las consecuencias por no haber tomado una decisión a tiempo. Qué razón tienes con los miedos. A veces, aunque nuestra parte racional sepa cómo van las cosas, la irracional no sabe asimilarlas. Un punto a mejorar, sin duda.

    • Amparo Millán Responde

      Hola Patricia! Qué alegría tenerte por aquí 😀
      Bueno, sobre sufrir las consecuencias por ciertas decisiones (o por no tomarlas, que es lo mismo) qué me vas a contar. La verdad que a veces da rabia (o tristeza, o un poco de todo) mirar atrás y ver cómo todo habría sido diferente si hubiéramos elegido MEJOR, con más ilusión, menos miedo, más coraje. Como consuelo nos queda aprender… y repetirnos estas lecciones a nosotras mismas y a otros. 🙂
      Y sobre los miedos irracionales, no hay forma de «sacarlos de ahí» desde el pensamiento. Por algo son irracionales, porque no responden a la lógica. Mi sugerencia siempre va por el lado de explorar los SENTIMIENTOS (una palabra que se utiliza poquísimo en desarrollo personal, siendo sustituida por «emociones») y explorarlos en profundidad, y en segundo lugar por actuar y «mirar a ver qué pasa». Como la mayoría de las veces cuando hacemos algo que nos daba muchísimo miedo no pasa NADA (no nos critican en televisión, nuestros seres queridos no nos dejan de hablar, no tenemos que mudarnos debajo de un puente, etc.) esta experiencia repetida una y otra vez va alejando los miedos irracionales.
      Un abrazo!

  2. Me he sentido muy reflejada en el artículo. Mi papel en la vida es de víctima, de hecho, no soy ni dueña de mi vida. Vivo encerrada cuidando sola a mi abuela con Alzeheimer gran dependiente. No puedo ingresarla porque no tengo trabajo, abandoné mis estudios por una depresión muy grande y nunca pude recuperarme y ahora me encuentro en esta situación sin salida porque mi abuela tiene una salud de hierro y me veo con cincuenta años aquí metida sin vivir y cuidando a una mujer que a fin de cuentas ya ha vivido y que a mí no me cuidó. Comprendo que soy la responsable de esta situación porque no debería haberme dejado vencer por las circunstancias y tendría que haberme marchado cuando aún era joven y tenía oportunidad de salir adelante pero creo que estoy pagando demasiado ese error, esa debilidad. Ahora estoy sin alternativas, cada día más agotada y frustrada y sin esperanzas. A mí también me gustaría tener ilusión, volver a empezar pero mi libertad depende de que otra persona falte y eso me llena de amargura.

    • Amparo Millán Responde

      Hola Bea,
      Bueno, lo que cuentas es desgarrador… Tu situación es MUY COMPLICADA y comprendo que te sientas atrapada, pues te has visto obligada a cuidar a una abuela con la que seguramente la relación nunca fue muy buena. De todas formas, pongamos un poquito de luz y claridad a esta situación…
      En primer lugar, es evidente que vives con la culpa. Me parece que no es tanto la situación externa sino la culpa interna lo que te paraliza. Dices «estoy pagando demasiado ese error, esa debilidad» y eso da la pista de que crees que lo que te ha pasado es un CASTIGO. La culpa y el castigo van de la mano: cuando me siento culpable busco desesperadamente un castigo y creo que lo merezco…
      Creo que una de las acciones prioritarias en tu vida, mucho antes de «empezar de nuevo» y «tener ilusión» es perdonarte. Perdonarte de verdad. Hacer una introspección meditada de tu historia, observar cuándo te comportaste como una víctima y por qué lo hiciste (falta de amor, falta de modelos en que inspirarte, no saber hacer otra cosa). No eres una persona mala, ni débil, ni inútil, simplemente aprendiste muy tempranamente un comportamiento (el de víctima) porque te ayudó a sobrevivir y lo has ido manteniendo por inercia… Pero lo puedes cambiar ¡de hecho al hacerte estas preguntas, o estás haciendo!
      PERDONARTE, ése es tu gran desafío. Lo que te va a convertir en una persona responsable y con coraje.
      Estoy convencida de que, una vez hecho esto, la vida te va a traer oportunidades para lidiar con la situación de tu abuela. Ahora mismo no ves otras opciones porque estás es un punto muy oscuro, pero nada impide que más adelante consigas un trabajo y puedas contratar a alguien que te ayude con los cuidados, o podrás establecer alianzas con otras personas de la familia, o quizás puedes aprender acerca de tu familia a través de las historia de la abuela, o quizás en tu localidad exista un programa de ayuda para personas dependientes que hasta ahora no conocías… En fin, cuando buscamos, tarde o temprano, encontramos. Pero hay que salir de la culpa y el autocastigo para tener la serenidad, la claridad mental y la fortaleza para empezar esa búsqueda.
      Ante todo, sé comprensiva contigo, perdónate y trátate bien, lo mejor posible. Mucha fuerza para este camino, Bea, un abrazo!

  3. Un excelente artículo! Yo llevo tiempo analizando mi vida,,,,,y me doy cuenta que por no saber qué quería exactamente en mi profesión, tengo 50 años, muuuchos contratos temporales y en búsqueda de empleo. Sentimentalmente, buscando pareja. Peeero, miro el horizonte con ilusión, todo me ha servido para conocerme mejor, y tener una sabiduría que personas no tienen. MIro la vida con alegría, porque llegar hasta aquí ha sido a base de librar batallas internas, externas, y aprendí que por no sentarme y observar y analizar mis indecisiones se fué pasando la vida….peeero ….había una razón para ello…..CONOCERME Y CONOCER AL RESTO. Gracias, y a todos….ánimo….la sabiduría es muy muy importante…..sólo tenemos y debemos usarla.

    • Amparo Millán Responde

      Hola Suk,
      Tu testimonio me encanta porque refleja la fuerza que surge al aceptar PROFUNDAMENTE nuestras circunstancias, nuestra historia y a nosotros mismos.
      Hay dos formas de encarar el sufrimiento (o las batallas internas y externas, como tú las mencionas): como una tragedia, y un motivo para deprimirnos, o como algo NECESARIO para nuestro crecimiento. Llega un punto en el que no merece la pena seguir castigándonos por los errores del pasado o por no haber respondido a las expectativas que teníamos de la vida, sino que hay que decir: «bueno, hasta aquí actué de cierta manera, y me ha servido para aprender pero AHORA tengo las llaves de mi destino y soy una persona consciente para afrontarlo».
      Tienes una edad maravillosa para empezar de nuevo, tienes experiencia y sabiduría e (intuyo) que pocos miedos y poquísimos deseos de complacer a los demás. Ya con 50 años está la cabeza para pocas tonterías 😉 El futuro es prometedor para ti así que sólo puedo desearte perseverancia, fuerza, inteligencia y estrategia en el camino hacia tus metas. ¡Abrazos!

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