Últimamente estoy en alerta con el tema de los consejos. Sí, incluidos los que yo pueda verter sin darme cuenta en mis propios espacios (la página de Facebook, el blog, conversaciones varias…)

 

Me sorprende la manía que tenemos las personas de buscar respuestas vitales preguntando a otros que igual ni nos conocen. No paramos de pedir consejos y recomendaciones: ¿tú qué harías en mi lugar? ¿qué sería mejor en este caso? ¿por dónde voy? Vale este es mi problema pero ahora ¿¡qué hago!? 

 

Por otro lado, hay personas que ejercen justo el papel contrario: se pasan la vida sugiriendo y recomendando a los demás (cuando no directamente coaccionando) lo que deberían hacer con sus vidas: haz esto, ahí te vas a equivocar, ese camino no es bueno, vas a fracasar, lo mejor para ti es esto, esa idea no tiene sentido… 

 

Es peculiar este rasgo de nuestra cultura de buscar opiniones para todo y de dar consejos aun cuando no nos los piden. Como es algo que impregna tanto nuestra vida, en este artículo he recopilado algunas reflexiones en torno al tema de dar y recibir consejos.

 

Mi intención final es mostrar que necesitamos ser críticos con los consejos que recibimos y prudentes a la hora de aconsejar a otros. Vamos al lío 😉

 

Esa adicción a dar y pedir consejos y opiniones varias

Desde que abrí mi página web he recibido mails de lo más variopinto. Muchos de lectores que me daban las gracias por algo que había escrito y que les había ayudado (esto me provoca mucha satisfacción, la verdad) y otros tantos de personas anónimas pidiéndome consejo acerca de algo.

 

En algunos casos las preguntas han estado bien formuladas, y tal vez por eso, he podido aportar una reflexión mínimamente útil para esa persona. Pero en otros casos, ante algunas peticiones de ayuda, me he quedado completamente en blanco. Sin saber qué decir ni por dónde empezar una respuesta. Y además he observado lo ridículo que es (y ojo, yo también he caído en eso) pretender que las palabras de alguien funcionen como una varita mágica. Es decir, pretender que una respuesta de diez líneas sea la solución a un problemón.

 

Por ejemplo, hace unos meses me escribió alguien este escueto mensaje: «hola, me gustaría saber qué puedo hacer para ser menos insegura«. El mensaje era así, tal cual, sin «gracias», sin «un saludo» y sin más información que esta. Estuve tentada de contestar pero no lo hice, primero porque no me gustó la descortesía (que menos que agradecer a alguien su tiempo por adelantado) y en segundo lugar porque ¿qué puedo decir a esta persona? ¿Cómo contestar en 5 líneas qué hacer para lidiar con la inseguridad? ¿Inseguridad en qué? ¿Cómo te afecta, qué haces, cuál es tu historia, para qué te sirve esa inseguridad, qué quieres conseguir sintiéndote más segura?

 

Ni yo ni nadie puede decirle a una persona, sin conocerla absolutamente de nada, qué pasos específicos tiene que llevar a cabo para trabajar su inseguridad. Si acaso el mejor consejo que podríamos dar es el siguiente: «Conócete a ti mism@, indaga en tu historia, en tu vida actual, haz un balance, busca las raíces de tu inseguridad y luego, entonces, quizás… ya veremos qué pasos concretos puedes dar»

 

Preguntas generales parecidas a esta son las que veo reflejada en diversos foros de psicología que visito. Personas que preguntan. «Mi pareja no me trata bien ¿qué hago?», «Estudio y no rindo lo que me gustaría, ¿qué me ocurre?», «Mi hijo no come, ¿alguna idea?», «Me levanto triste todas las mañanas ¿qué me pasa?»

 

Hay una auténtica adicción a preguntar a gente que no nos conoce sobre lo que nos pasa o cuáles serían las decisiones correctas que deberíamos tomar. Lo peor no es hacer la pregunta, sino de verdad creer que una respuesta de diez líneas puede solucionarnos la vida.

 

¿Y por qué sucede esto?

Porque nos da muchísima pereza, o miedo, pararnos y reflexionar sobre nuestras circunstancias. Nos da pereza bucear en nosotros, en nuestras emociones, en nuestras historias. Sentimos temor de ver la verdad de lo que nos rodea: en qué se basan de verdad nuestras relaciones (nos quedaríamos helados si descubriésemos qué poca intimidad tenemos con nuestros seres queridos), cuáles son nuestros auténticos deseos, qué errores y fracasos hemos cometido, cuál es la realidad de nuestra situación financiera, laboral, social, sentimental.

 

Nos da pereza, o miedo, o quizás un poco de todo, hacer un ejercicio de introspección honesto sobre nuestra realidad. Sin embargo… resulta que reflexionar sobre nuestra vida es algo fascinante. Incluso entretenido (un@ no lo sabe hasta que no lo prueba). Y por otro lado buscar la verdad siempre trae alivio, por eso no hay motivo para temer el encuentro.

 

Cuando uno se conoce y sabe quién es no se pasa la vida pidiendo consejos. - ¡Twitea esto! Aunque por supuesto, siempre se puede recurrir a otros para ampliar la perspectiva.

 

Es igual que cuando estamos de viaje: si nos perdemos preguntamos a otros por el camino, o quizás nos paramos a charlar con los autóctonos por puro placer, pero no nos pasamos la travesía deteniéndonos cada cinco minutos para contrastar nuestra información. Esta es la diferencia entre pedir un consejo de forma ocasional (para contrastar opiniones y ampliar la mirada) y la persona que no toma una decisión sin haberla consultado antes con sus diez personas de confianza.

 

Por qué muchas veces los consejos no son útiles

Otra cosa que me hace desconfiar de la utilidad de los consejos es que por lo general están basados en la opinión, las creencias, la experiencia y los valores que cada persona tiene del mundo, y esto es algo bastante cuestionable.

 

Por ejemplo, una persona viajera y emprendedora siempre te va a invitar a que des un paso adelante y te arriesgues, mientras que una persona estable y precavida siempre te va a aconsejar la opción más cauta. Del mismo modo, una persona extrovertida y que tiene puesto el valor en la vida social siempre te va a aconsejar que te tomes más tiempo libre, mientras que otra persona para la que lo importante son los logros académicos siempre te sugerirá que te vayas menos de cañas y te pongas más a estudiar.

 

Los consejos no son útiles si están sesgados por la experiencia y el criterio personal de cada uno, pues ¿a quién le hacemos caso? ¿A la persona aventurera o a la persona prudente? ¿Al que te invita a salir más o al que te invita a trabajar más duro?

 

Por otro lado, el mismo consejo no es válido para todo el mundo. «Mejorar la espiritualidad» puede ser una buena recomendación para una persona muy apegada al dinero y a lo material, pero sería un consejo nefasto para alguien demasiado centrado en el desarrollo personal que esté pasando por dificultades económicas, que necesitaría justo lo contrario: «bajar del cielo» y centrarse en ganar dinero.

 

Como un consejo cualquiera siempre depende del criterio de quién lo da y de nuestras propias circunstancias, siempre, siempre, siempre, es necesario pasar este consejo por nuestro filtro personal para saber si lo descartamos o lo tomamos.

 

Algunas preguntas útiles para este proceso serían las siguientes:

  • ¿Me identifico con los valores de esta persona que me aconseja o los míos son radicalmente distintos?
  • ¿En qué me equilibra el criterio de esta persona? ¿Qué tomo y qué descarto de lo que me dice?
  • ¿Qué me falta en mi vida?
  • ¿Y qué me sobra y por tanto no debo seguir poniendo más energía ahí y emplearla en otra cosa?
  • ¿Qué es lo que más necesito, aquí y ahora?

Tras darle algunas vueltas, un buen consejo de una persona honesta y conectada nos puede salvar la vida, pero siempre considerándolo como parte de una decisión personal, no como una directriz que tenemos que seguir ciegamente.

 

Cómo ser un buen consejero/a y ayudar DE VERDAD a los demás

Como sé que muchos de mis lectores son personas con un interés genuino hacia las personas que les rodean, quiero hablar en esta última parte de qué podríamos hacer para aconsejar mejor.

 

Lo primero de todo, yo cambiaría completamente esto de «dar consejos» o «expresar una opinión» por «ayudar a una persona a que amplíe su perspectiva«. Los consejos y los juicios personales casi siempre sobran. Lo que sí puede ser útil es ayudar a una persona a observar desde fuera su realidad y que desde ahí tome la opción correcta, según lo que quiere y sus valores, no los nuestros.

 

Por ejemplo, si a mí una amiga me comentara: «Mi pareja pasa de mí y no me hace caso ¿qué hago?» creo que no serviría de nada que yo dijera a esta persona lo que tiene que hacer, del estilo: bueno, pues dale un ultimátum y si no cambia, le dejas. Esto es más o menos lo que solemos hacer todos todo el tiempo: alguien nos plantea un problema y nosotros le devolvemos nuestra opinión: «déjale», «aguántale», «haz esto», «haz lo otro», «piensa más en ti», «sal más de casa», «busca nuevos amigos».

 

Una opción diferente sería tomarme un café con mi amiga y devolverle las siguientes cuestiones: ¿desde cuánto ocurre eso?; si es algo reciente ¿qué crees que lo ha provocado?; si ocurre desde siempre, ¿por qué ahora le importa y antes no?; ¿qué cosas haces tú que puedan provocar que tu pareja «pase de ti»?; ¿qué te gustaría?; ¿qué cosas has intentado hacer y no han funcionado?; ¿qué necesitas?; ¿qué necesita el otro de ti?; ¿se lo das?; ¿qué te has planteado y cómo puedes hacerlo?, etcétera, etcétera.

 

De esta forma yo me saldría de mis opiniones y mis experiencias (y también del papel de abogado defensor de mi amiga, que aunque ella lo crea no le beneficia) y podríamos abordar juntas la realidad del problema y proponer soluciones.

 

No hay mejor asesor que el que hace posible que el otro descubra lo que le sucede y lo que quiere hacer, en vez de imponer su visión del mundo «con calzador».

 

En segundo lugar, tememos demasiado al error o al fracaso y por eso solemos ser demasiado cautos en nuestras recomendaciones. Transmitimos a los que buscan nuestro consejo: «ten cuidado», «a ver si te vas a equivocar», «asegúrate bien antes de intentarlo». Nos ponemos en un plan híper-prudente y nos olvidamos de que, a veces, no hay nada tan saludable como equivocarse.

 

Quizás en vez de transmitir ese miedo a las personas que buscan nuestro consejo, simplemente podríamos decirles: «Mira, prueba esta solución, si sale bien, lo celebramos junt@s y si te sale mal, SEGURO que algo aprendes de ello. Pero no te quedes en el pensamiento, inténtalo»

 

Permitir a una persona querida que tome un camino arriesgado, o incluso que haga alguna estupidez, es además una prueba de afecto. Los buenos consejeros permiten equivocarse a sus discípulos y no se lo recriminan. Eso de «¿ves? te ha salido mal, te lo dije» es un golpe bajo, propio de malos aconsejadores, porque en momentos de crisis lo que tenemos que hacer es estar disponibles, no regodearnos en la idea de que teníamos razón.

 

Si me preguntas «¿debería mudarme a otra ciudad?» lo mejor que podría decirte es: no sé, haz una corta incursión en otro sitio y observa cómo te sientes. «¿Debería empezar una nueva carrera?» Apúntate al primer curso y luego decides. «¿Debería cambiar mi estilo?» Empieza cambiando de peinado, por ejemplo. «¿Debería buscarme nuevos amigos?» Empieza a juntarte con otras personas y ya verás si lo necesitas o no.

 

Hay personas, como yo, que tenemos que comprobar todo por nosotras mismas. No nos basta con que nos digan «esto no va a funcionar, te vas a equivocar», tenemos que experimentarlo en primera persona para quedarnos tranquilas. Por ello:

 

Si quieres ser un buen asesor, escucha las ideas locas que te cuentan las otras personas y anímales a que experimenten, a que prueben esa dieta, esa relación, esa nueva vida que no están seguros de si es para ellas o no.

 

Finalizando

Es hora de ser críticos con los consejos que recibimos. No hay consejo genérico que sirva para todo el mundo (por ejemplo, no se puede dar un vaso de agua a quien se está ahogando) y además éstos siempre dependen de la mentalidad de quien los otorga.

En segundo lugar, es hora de abandonar esa idea de que otra persona tiene que obedecer nuestras órdenes o seguir nuestros consejos «porque somos los sabios, los que sabemos» (menuda arrogancia). No hacemos ningún favor a nadie matando su propia iniciativa. Y sí le hacemos un favor ayudándole a descubrir quién es, dónde está y qué necesita.

En tercer lugar, es hora de juzgar menos y ayudar más a quienes nos rodean. Porque a veces lo que necesitamos no son sermones, sino apoyo.

 

Con estas tres cosas, tenemos trabajito para toda la vida… 🙂 ¡Ojalá el artículo te haya gustado, espero tus comentarios!

 


Créditos de la imagen: Finding the tree, por Eddi van W. via Flickr Creative Commons

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7 Comentarios

  1. Artículo largo pero muy interesante.
    Sufro de consejitis, siempre voy aconsejando a los demás y lo peor es que acepto poco los consejos de los demás.
    Me has dado mucho en lo que pensar!
    Gracias por la motivación Amparo 🙂

  2. Amparo Millán Responde

    Vaya Laura, me alegra mucho que te haya gustado! 🙂
    Tranquila, lo de la consejitis es una conducta muuuy común; está bien parar de vez en cuando y decirse a uno mismo: ¿y si no tengo la respuesta? ¿realmente esta persona necesita mi opinión o la puedo ayudar de otra forma?
    Un abrazo!!

  3. Como siempre… Un gran artículo Amparo, que me hace pensar y reflexionar…Yo creo que tengo un poco de las dos cosas… Suelo caer en la tentación de pedir consejo ( soy un poquito insegura), pero también tengo tendencia a «dar consejos»…Asique muchas gracias por darme la oportunidad de reflexionar un ratito. Un abrazo.

    • Amparo Millán Responde

      Muchas gracias por tus palabras, me alegra MUCHO que este artículo (que he intentado escribir sin dar consejos, aunque no sé si he sido capaz, jajaja) te haya llevado a reflexionar en esta mañana de sábado No sé cómo la gente no se para más a pensar, con lo divertido que es ¿verdad? 😉 ¡un abrazo!

  4. Gracias.Creo que nos dejamos llevar por el » ansia» de, obtener consejos, asesoramiento, » tips» màgicos… Como si unas líneas nos fueran a arreglar la vida.Mi consejo hacia mí es » para, respira,reflexiona…y actua».Nosotros somos nuestros mejores consejeros.Debemos escucharnos.Y escuchar a los demàs, como si fuera un oficio…

    • Amparo Millán Responde

      Es así Mary, buscamos desesperadamente «tips mágicos» cuando los problemas complejos de nuestra vida sólo se pueden resolver con soluciones complejas… Para nada en unas líneas 🙂 Es cierto que nosotros somos nuestros últimos consejeros, pero siempre viene bien una mirada de otra persona cuando estamos atascados. De ahí la importancia de acudir ocasionalmente a un terapeuta, sanador, confesor, psicólogo o persona de confianza.
      Muchas gracias por comentar, un abrazo!

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