Muchas personas (entre las que me incluyo) estamos peleadas con las normas, los límites y la autoridad.

Y por ello, de forma indirecta, estamos peleadas con la disciplina.

Las estructuras rígidas (como los horarios) y recibir órdenes son algo que nos fastidia y tildamos de «antinatural». Nos parece que lo mejor sería fluir con el tiempo y hacer lo que nos apeteciera en cada momento.

Durante mucho tiempo he pensado que lo más conveniente para la creatividad sería derribar todas las estructuras físicas y mentales… Y dejar que cualquier cosa emerja en ese espacio sin límites.

No obstante, con el tiempo y la madurez obligada que dan ciertas experiencias desagradables, hoy creo que no es así.

Sin pasarme al bando contrario de la inflexibilidad y el autoritarismo, actualmente pienso que seguir ciertas normas y rutinas es muy positivo. Que lo más favorable para crear es contar con una estructura sólida que nos sirva de punto de partida y de «contenedor».

Todos los ámbitos de nuestra vida se ven favorecidos cuando ponemos unos límites: las relaciones personales, la organización de la casa, el manero del tiempo o el dinero.

Sobre todo si trabajas por tu cuenta y eres el encargado de administrar tu tiempo y energía, una estructura clara y definida es IMPRESCINDIBLE.

Créeme, a mí no me entusiasmaban ni las normas, ni seguir indicaciones de otros, ni «obligarme» a hacer algo que no me apetecía, pero he comprendido que de vez en cuando tengo que hacerlo. Y es más, elijo hacerlo porque tengo la experiencia de que es lo mejor para mí.

Si eres una persona que se identifica con la libertad, la laxitud, la independencia y el seguir su propio camino, probablemente andes un poco peleada con los límites . Y esto no es así por casualidad…

Seguramente has sufrido experiencias que te han llevado a sentir rechazo hacia todo lo que huela a normas, autoridad y disciplina.

En este artículo quiero invitarte a pensar en ellas, con el objetivo de que entiendas que esa asociación negativa es una cosa del pasado y que hoy tú podrías ponerte límites saludables de forma respetuosa y creativa.

¿Empezamos?

 

1) El problema de tener demasiados límites y/o haberlos tenido en exceso

Vivimos bajo DEMASIADAS normas. Nuestra vida diaria está repleta de trámites, obligaciones legales y cumplimientos que tenemos que vigilar con cuidado para no cometer ninguna ilegalidad.

Por ejemplo, en la conducción cada vez hay más normas que cumplir para que circular sea seguro, cualquier trabajo está híper saturado de burocracia y a la hora de comunicarnos con los demás tenemos que elegir con sumo cuidado las palabras para no salirnos de lo políticamente correcto, sobre todo en las redes sociales.

Si nos remontamos unos años atrás, quizás a nuestra adolescencia, también recordaremos con cierto pesar la cantidad de obligaciones y límites bajo los que vivíamos: horarios de estudio, horarios de salidas nocturnas, paga semanal fija, rigidez escolar, falta de independencia, tener que obedecer porque no teníamos más remedio…

Es lógico que en este ambiente de contención excesiva y después de haber vivido muchos años bajo normas impuestas a muchos se nos han quitado las ganas de ponernos aún más límites a nosotros mismos… ¡Y cómo no!

Cuando algo se alimenta hasta este punto se convierte en un monstruo que nos devora…

Así que para muchas personas «las normas» y «la disciplina» son algo de lo que no quieren ni oír hablar porque están saturadas de ambos.

Sin embargo, puesto que los límites nos permiten organizarnos y ser más productivos, ha llegado el momento de trascender ese desagrado hacia todo lo que huela a rigidez y obligación.

Tenemos que aprender a diferenciar esa rigidez que nos constriñe de una sana estructura que nos permite tener un sitio donde agarrarnos.

Si eres una persona que disfruta de cierto caos y desorganización en la rutina diaria no te preocupes, está muy bien un poco de desorden porque añade magia a la vida. Eso sí, te invito a que consideres ponerte algunas normas a ti mismo. No una gran lista de normas sino pocas y fáciles de recordar.  

Imponte tres o cuatro reglas básicas (por ejemplo una rutina de mañana o de noche) que aumenten tu eficacia personal y profesional.

Y por supuesto, que éstas no sean tan inflexibles como para que no puedas romperlas de vez en cuando. 😉

 

2) Haber sufrido bajo límites arbitrarios y sin sentido

Otra cuestión que nos lleva a sentir repulsión por los límites y la disciplina es que hemos vivido demasiado tiempo bajo el yugo de normas sin sentido o de autoritarismo entendido de la peor manera posible.

Por ejemplo, hace años asistí horrorizada a una escena en un programa de televisión que veía por entonces llamado Supernanny (era un programa donde una psicóloga conductual enseñaba a los padres a tratar problemas de conducta de los niños). Me impactó tanto esa escena que empecé a cuestionarme esos métodos de crianza que por entonces eran válidos para mí (hoy por hoy defiendo todo lo contrario pero en fin, ese es mi pasado…)

Bien, en ese capítulo en concreto la supernanny enseñaba a los padres cómo tratar con una hija considerada «muy rebelde» por ambos progenitores. Una de las «rebeldías intolerables» de la niña era no comerse toda la cena.

Cuando mostraban la escena en la televisión, se apreciaba que noche tras noche los padres servían a la pequeña una especie de ensalada de arroz con tomate de aspecto poco apetitoso.

A la niña no le gustaba el tomate y lo dejaba siempre en el plato, lo que provocaba el enfado de sus padres. Al final, después de amenazas, lloros histéricos y un verdadero drama innecesario, la niña se comía un trocito de tomate y el resto lo tiraban a la basura.

Esta escena de la dichosa ensalada de arroz con tomate, como digo, se repitió durante varias noches con el consiguiente enfado de los padres y sufrimiento y llanto de la niña.  Recuerdo que en ese momento estaba con mi marido y le comenté:

Pero vamos a ver ¿no es más fácil poner a esa niña una ensalada sin el dichoso tomate? ¿Es que acaso no tenemos todos alimentos que no nos gustan? ¿No es una crueldad servirle a alguien, noche tras noche, JUSTO un alimento que no le gusta, y encima luego castigarle por no comerlo?

Pongo este caso como ejemplo de lo estúpidas y arbitrarias que son muchas normas consideradas como «necesarias» y que hemos sufrido siendo niños, por ejemplo el obligarnos a comer algo que no nos gusta (¡como si no hubiera adultos que no comen lentejas, o lechuga, o plátanos porque no les apetece, sencillamente!).

Tampoco tiene ningún sentido que alguien nos obligara a llevar ropa que detestáramos, a hacer los deberes a las 5 en lugar de a las 6, a escribir con la derecha en vez de con la izquierda, a jugar al baloncesto en vez de al fútbol o a dormir la siesta si no teníamos sueño.

Este tipo de normas sin sentido, que son taaaan comunes cuando somos pequeños, lo que provocan es una rebeldía interna que nos hace, finalmente y con el tiempo, rechazar todo lo que tenga olorcito a disciplina, límite o autoridad.

¿Cuál es la alternativa a esto? ¿Cómo podemos trascender ese poso negativo que han dejado estas experiencias para tener un autodominio que sea saludable?

Pues tener muy claro que cualquier rutina o norma que nos propongamos a nosotros mismos, o a los demás, ha de tener algún sentido, en primer lugar, y en segundo que tiene que respetar nuestros gustos personales.

Por ejemplo, si elijo ponerme a trabajar a las 6 de la mañana, que sea porque soy un pajarillo madrugador y me encanta el silencio de esa hora, no porque lo haga el bloguero de moda o porque otros digan que es muy beneficioso. Si odio madrugar, este límite es perjudicial para mí y hago bien en rebelarme a mi propia norma.

Igualmente, si me modero en ciertas salidas o caprichos, que sea porque estoy ahorrando para algo importante o porque voy a emplear ese tiempo en avanzar en mis proyectos, no porque «la vida es muy dura y tengo que sacrificarme» (sin un motivo, porque sí) o porque «me han enseñado que ahorrar es bueno» sin que yo tenga pensado para qué quiero este dinero.

Cualquier límite autoimpuesto ha de servir a un propósito claro que tenga sentido para ti. En caso contrario… ¿para qué ponerlo?

 

3) El problema de que los límites los marca una autoridad externa

La mayoría de personas que conozco han tenido problemas de organización cuando han pasado de una estructura rígida personal o profesional a una completamente laxa, en el que tienen que organizarse ellos mismos.

Por ejemplo, hay un gran desajuste cuando un adolescente que ha sido reprimido vive independiente por primera vez: puede ser que no salga de casa por miedo, o bien que pase todo el día fuera en una nube de juergas y alcohol porque ha «saboreado la libertad» por primera vez y no sabe cómo gestionarla.

Sucede algo parecido cuando una persona que lleva veinte años con un rígido horario de trabajo se queda en el paro de un día para otro: no es raro que empiece a adquirir malos hábitos como levantarse tarde, pasar horas enganchado a la tele o Internet o no ducharse en varios días, cuando anteriormente era un empleado puntual y ejemplar.

En mi opinión, este desajuste se produce porque no hemos sido educados en ser nuestros propios «legisladores» sino que estamos habituados a obedecer a una autoridad externa.

No hemos sido educados para aprender a organizarnos, sino para seguir una organización impuesta desde fuera.

Esta falta de costumbre hace que, cuando tenemos libertad (por ejemplo en tiempo de vacaciones) caigamos en actitudes de desorganización extrema en vez de ser disciplinados y ponernos nuestras propias normas.

Naturalmente esto es algo que podemos cambiar si nos comprometemos a hacernos más autónomos desde hoy mismo, aunque este es un proceso que lleva tiempo.

Ser nuestros propios jefes, en el sentido más amplio de la palabra (es decir, tener dominio sobre nuestros horarios, finanzas, actividades de ocio, relaciones, etc. ) es un proceso largo a prueba y error. Tenemos que experimentar mucho para ver cuáles son las reglas adecuadas y ser pacientes hasta que nos hayamos habituado a ellas.

Por ejemplo, creo que podemos tardar de seis meses a un año en cumplir un horario que nos hemos fabricado a medida, sin que nadie nos esté presionando para «estar en el trabajo».

Y este es un proceso lento porque tenemos que desaprender que la autoridad siempre es de otro y aprender que la mejor autoridad proviene de uno mismo.

¿Y acaso no es esto algo bonito, que en vez de esperar que otro me de órdenes y me obligue a ser disciplinado, yo pueda hacerlo por mí mismo, de forma madura y respetuosa?

 

Conclusiones: por qué los límites y la disciplina te producen alergia (aunque sabes que los necesitas)

En resumen, nos cuesta mucho ser disciplinados e implantar normas elegidas en nuestra vida porque emocionalmente estamos rebelados contra ellas.

Esto se produce porque hemos vivido experiencias desagradables en torno a los límites (demasiados, arbitrarios, siempre impuestas por una autoridad externa) y los hemos interiorizado como algo negativo.

Sin embargo, los límites y las rutinas saludables nos centran y nos alejan de esa sensación de caos de cuando todo a nuestro alrededor es líquido y no hay ningún «contenedor» del tiempo, la energía y la creatividad.

A la hora de ponernos límites saludables es importante tener en cuenta tres cosas:

  1. Que sean pocos, porque bastantes obligaciones externas tenemos ya en nuestra vida.
  2. Que tengan un sentido, un para qué, un motivo lo suficientemente poderoso como para que no nos importe «obligarnos» de vez en cuando a cumplirlos.
  3. Que nos permitan entrenar nuestra autoridad interna, en vez de necesitar que sea otra persona quien nos haga ser disciplinados.

 

Obviamente si eres una persona que disfruta de cierta libertad y espontaneidad (como yo) no se trata de que pases al polo opuesto y te conviertas en el instructor de una escuela militar.

La laxitud y la rigidez son dos extremos de una cuerda. Si alguno de ellos tira demasiado, la cuerda se acaba rompiendo.

Espero que este artículo te haya reconciliado con lo que entiendes como «límites» o «disciplina» y haya estimulado tu curiosidad acerca de cómo puede cambiar tu vida a mejor (disfrutar más del tiempo libre, mayor creatividad, mayor libertad) con ciertas normas saludables.

Finalmente, sólo quiero apuntar que:

Lo que nos hace libres no es la ausencia de reglas y estructuras, sino sabernos y hacernos responsables de la mayoría de nuestras acciones y decisiones.

A partir de ahora… ¡pongámonos normas y disfrutemos de ellas! 🙂

 


Créditos de la imagen: via Unsplash

 

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9 Comentarios

  1. Noemi Turkovich. Responde

    Hola Amparo, mi nombre es Noemi soy estudiante de Counseling en la Argentina. Tus palabras en simpleza y claridad de concepto me ayudan a reflexionar. Gracias por apartar ramas en mi camino.

    • Amparo Millán Responde

      Hola Noemí, muchas gracias por contestar y me alegro que te guste la claridad de mis artículos. ¡Justo para eso los escribo! Mucho ánimo en tu camino como Counsellor, un abrazo. 🙂

  2. Una vez más brillante artículo y bastante apropiado, principio de año donde cada uno intenta siempre mejorarse y aprender cosas beneficiosas para uno mismo; me está encantando tu curso y me he propuesto hacerlo organizadamente, que no todo va a ser trabajar, disfruto mucho de ese momento y de tus vídeos, me transmite mucha paz, nos vemos el día 10, un saludo para todos.

    • Amparo Millán Responde

      Anto, qué alegría que estés en UN AÑO PARA TRIUNFAR!
      Ojalá te resulte de mucha utilidad el curso y planifiques con esmero tus objetivos para 2020. Nos vemos el día 10 en la clase grupal, sí 😀

  3. Assumpta Orgué Responde

    Gracias por plantearnos cuestiones que nos motive a plantearnos qué creencias nos están condicionando las acciones del día a día, las conductas automáticas que a lo mejor en su día fueron adecuadas y de mucha utilidad, pero que en la actualidad ya no lo son , y para evitar o cambiar este funcionamiento automático hay que poner a funcionar nuestra mente ( caja de cambios) a modo consciente (cambio manual).

    • Amparo Millán Responde

      Qué buena reflexión Assumpta!!
      Así es, hay que hacer consciente lo inconsciente para poder cambiarlol
      Muchas gracias por compartir tu sabiduría 😉

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