La insatisfacción es un sentimiento con dos caras, una de luz y una de sombra.

En su vertiente positiva nos lleva a mejorar porque revela una necesidad que no estamos cubriendo o un sueño que quiere ser realizado. La insatisfacción, entonces, se convierte en semilla de cambios personales maravillosos, aventuras, descubrimientos positivos para toda la humanidad. Estoy convencida de que los grandes exploradores, científicos, filósofos y artistas fueron personas insatisfechas que, descontentas con el camino convencional que se les proponía, calmaron su sed creando cosas mejores para los demás. Hasta aquí, todo bien.

El problema aparece cuando esa insatisfacción, en vez de inspiradora, se hace permanente e insaciable: conseguimos una cosa y acto seguido queremos otra, y luego otra, nunca es suficiente. Cuando esta insatisfacción voraz se adueña de la vida la tranquilidad y la felicidad siempre están un paso más allá (en el «cuando consiga tal o cual cosa…») nunca en el presente.

Muchas personas vivimos bajo la compulsión de querer siempre más. De todo, de lo que sea: salud, dinero, belleza, títulos universitarios, clientes, seguidores, prestigio social, poder, conquistas.

Por otro lado, muchos mantenemos la ilusión de que logrando determinada cosa nuestra vida va a estar resuelta para siempre. Decimos «cuando encuentre un trabajo fijo, entonces seré feliz» o «cuando mis hijos acaben los estudios, se casen y formen una familia, entonces podré descansar» o «cuando por fin triunfe en mi carrera como actriz, me sentiré realizada».  Y la verdad es que no sucede así. Cuando por fin se cumplen estos anhelos descubrimos, al poco tiempo, que nos seguimos sintiendo insatisfechos, y para salir de ahí nos ponemos un nuevo objetivo para el futuro y pensamos «seguro, esta vez sí, que cuando consiga esto seré feliz y me sentiré orgullos@ de mí».

En este artículo vamos a hablar sobre cómo la insatisfacción, cuando opera de esta manera insana, nos mete en un bucle sin sentido. Un bucle en que nunca somos «lo suficientemente buenos» y en el que vamos posponiendo, una y otra vez, las metas de la felicidad y la autoestima.

 

¡Pinéalo!

 

El círculo de la insatisfacción

Examinemos en detalle cómo funciona este bucle de la insatisfacción. A mitad del camino hay dos alternativas posibles (el éxito o el fracaso de nuestro propósito) pero ambas acaban confluyendo después en el mismo punto. Veamos qué cuatro pasos conforman la vida de todos los insatisfechos crónicos:

Paso 1:

Un día pensamos que determinado suceso o proyecto (encontrar pareja, graduarnos, comprar una casa, ganar 100.000 €, conseguir el C2 de inglés, que los hijos saquen matrícula en todo) nos hará sentir, por fin, valios@s o felices.

Nos emocionamos con este deseo y pensamos «Sí, esto es justo lo que me falta, lo que estaba esperando, cuando lo tenga habré calmado mis expectativas y seré feliz».

 

Paso 2:

Hacemos un compromiso firme de esforzarnos para conseguir eso que queremos. Realizamos un plan de acción pertinente, establecemos los tiempos, avanzamos cada día un poquito hacia la meta y decimos que «no» a un montón de planes porque esa meta es mucho más importante que las frivolidades con las que pierden el tiempo los demás.

Por otra parte, si el resultado no depende de nosotros (p.ej. que los hijos se casen o encuentren trabajo) entonces asumimos que nuestra tarea es preocuparnos de ellos todo el tiempo, como si los pensamientos obsesivos, que corretean todo el día por nuestra cabeza, pudieran producir un cambio en la realidad. En fin, el paso 2 es sacrificarse mucho o preocuparse mucho (inútilmente) para que algo suceda.

 

A partir de aquí pueden pasar dos cosas: a) que consigamos/suceda lo que queremos o b) que no sea así, y esto crea dos escenarios distintos

 

Paso 3 – versión a (objetivo cumplido):

¡Hemos conseguido lo que queríamos! Por fin apareció esa pareja soñada, por fin pusimos fin a nuestros estudios, finalmente conseguimos la casa, el coche, los hijos, los nietos que anhelábamos, el Goya a la mejor película, hacer de nuestra pasión un negocio lucrativo.

En el mejor de los casos (porque a veces el éxito provoca indiferencia) tenemos un subidón de adrenalina y nos sentimos estupendamente. El mundo es maravilloso. Nuestro deseo se ha materializado. Somos esa persona valiosa y realizada que siempre quisimos ser. En nuestra alegría, no barajamos la hipótesis de que todo esto sólo es temporal… Que los éxitos vienen y van igual que los problemas y nadie aguanta en la cima del mundo toda la vida.

 

Paso 3 – versión b (fracaso):

También puede suceder que a pesar del esfuerzo, tiempo e intención puestos en un proyecto, fracasemos. No conseguimos nuestro objetivo o bien un evento no sucede de la manera en que esperábamos, y todo ello nos lleva a sentirnos decepcionados, tristes e incluso culpables.

Nuestra autoestima baja a nivel de mínimos («soy un fracaso, no lo conseguí»). Asimismo, nos duelen los éxitos de los demás y vemos la felicidad alejarse de nuestra vida como un globo de helio que ha soltado un niño sin querer.

Es en este punto donde muchas personas piden ayuda psicológica: «quiero saber que hay de malo en mí que no pude lograr esto que tanto quería», «me pregunto por qué soy tan desgraciad@», «tengo baja autoestima», «necesito ser feliz y no lo consigo», etcétera. En cualquier caso, este paso 3 solemos verlo como un tiempo terrible y de duelo.

 

Una vez en este punto de éxito fulgurante o de derrota, el círculo de la insatisfacción prosigue y se cierra de la siguiente manera:

 

Paso 4 – versión a (éxito):

El subidón por haber conseguido aquel sueño dorado casi se ha desvanecido, y nos sentimos extrañamente apáticos. No entendemos lo que nos pasa: ¿acaso no era eso (la pareja, la casa, el ascenso, el premio) lo que tanto deseábamos? ¿Qué ha hecho que la felicidad se esfumase tan pronto?

Por nuestra cabeza empiezan a surgir dudas como estas: «Tal vez mi objetivo estaba mal definido… lo que quiero en realidad no es X sino Y…. Sí, por supuesto, es que es Y lo que me falta, ¿cómo no pude verlo antes?»

Así pues, empezamos a pensar en una nueva razón por la que esforzarnos o preocuparnos y que, esta vez sí, nos traerá la Felicidad o la Tranquilidad con mayúsculas. A partir de aquí, el bucle de la insatisfacción se inicia de nuevo: nuevo deseo, nuevo esfuerzo o preocupación para que suceda, euforia inicial al conseguirlo y después, otra vez, la sensación de vacío y que es otra cosa la que nos falta… Y vuelta a empezar.

 

Paso 4 – versión b (fracaso):

Después de no haber logrado lo que soñábamos, nos sentíamos incapaces y devastados. Para recomponernos de la sensación de derrota, podemos optar por proponernos de nuevo ese objetivo pero poniendo más esfuerzo, más tiempo y más dinero esta vez. Con esta idea en mente, afilamos nuestra autoexigencia y sacamos el látigo. Creemos (pobres ilusos) que porque nos critiquemos más, y nos pongamos más límites, conseguiremos más fácilmente nuestra meta.

Esta vez vamos a hacer un régimen aún más estricto. Vamos a trabajar más que nunca. Vamos a olvidarnos de lo demás y sólo centrarnos en Nuestro Problema, a ver si lo resolvemos de una vez.  En todos los casos, lo que nos mueve no es la ilusión por mejorar, sino el terror a fallar de nuevo. Esto hace el camino doloroso y complicado. Con frecuencia volvemos a fracasar (a nuestro inconsciente no le gusta ese maltrato y no trabaja por nosotros) y podemos pasarnos una larga temporada en un bucle entre los pasos tres y cuatro: fracaso/decepción – lo intento de nuevo con más autoexigencia, nueva decepción y aún más autoexigencia, etc.

Otra cosa que puede pasar después de la culpabilidad del paso tres es que nos invada el derrotismo y entonces no hagamos nada de nada. Nos dejamos llevar por una nube de apatía y negatividad y sólo queremos que llegue la noche, o el fin de semana, para ver una serie tras otra y así escaparnos de nuestra vida. Nos sentimos, en el fondo, indignos y poco valiosos, incapaces de hacer frente a los desafíos de la vida.

Puede ser que nos quedemos una temporada larga en este estado o que un día aparezca alguna ilusión por el horizonte y el círculo se inicie nuevamente: con esa fantasía de que tal evento o tal logro nos dará por fin la felicidad, emprendemos un camino que, si lleva el éxito, acabará por dejarnos vacíos y si lleva al fracaso, nos robará otra vez la autoestima.

 

Los tres errores de esta manera de actuar

¿Dónde está el fallo en este modelo? ¿Por qué el círculo de la insatisfacción es un bucle sin salida?

A la hora de plantearnos metas y conseguirlas, hay tres errores, tan comunes que los pasamos por alto, que nos mantienen en este estado insatisfecho de por vida.

El primero, que solemos supeditar la felicidad a variables externas que podemos controlar. Si esperamos a que nos toque la lotería para ser felices, por ejemplo, lo más probable es que no lo seamos nunca, más bien nos pasaremos los días soñando y decepcionándonos de forma alterna.

Lo mismo pasa cuando nuestras metas tienen que ver con lo que hagan los demás. Está totalmente fuera de nuestro control que alguien haga algo, y si sólo vamos a ser felices cuando nuestra pareja actual se convierta en lo que deseamos, o cuando nuestra madre por fin nos comprenda, o cuando nuestro jefe nos respete de una vez, le estamos entregando las riendas de nuestra vida justo a esas personas.

En segundo lugar, muchos suponemos que la felicidad equivale a la perfección y el bienestar en todas las áreas. Creemos que es necesario tener una casa perfecta, la pareja perfecta, los hijos perfectos, el trabajo perfecto, el sueldo perfecto y el cuerpo perfecto para ser felices o sentirnos realizados.

Esto es una quimera, y de las gordas, porque alcanzar la perfección en todas las áreas de la vida es poco probable, y además en caso de que sucediera, no duraría mucho tiempo. La vida siempre nos regala potentes crisis personales para que aprendamos y nos desarrollemos un poco. Si esperamos a conseguir un montón de cosas y a que todo sea perfecto para ser felices… en fin, tal vez lo consigamos (y no es seguro) a los 70 años. No sé tú, pero yo no quiero esperar tanto.

En tercer lugar, este modelo de insatisfacción es dañino porque se fundamenta en la carencia. Queremos conseguir cosas, o que sucedan ciertos eventos, porque nos falta algo. Hay un vacío tan grande dentro de nosotr@s… que de forma desesperada intentamos llenarlo con logros externos. Algo que es imposible: los vacíos interiores no se colman ni con sucesos externos ni con bienes materiales, la solución es bien diferente.

Si llevas tiempo con angustia, con la sensación de que te falta algo, y la insatisfacción es una vieja compañera, la solución a tu problema es interior, no exterior. Dicha solución pasa por hacer una revisión intensiva de tu vida, descubrir tus viejas heridas, tus miedos, tus ganas de agradar, y después elegir desapegarte poco a poco de todo eso.

Jamás un evento o logro externo, por deslumbrante que sea, va a tapar nuestras heridas personales. Los logros externos suman cuando el vacío interior está colmado. Si el vacío persiste, éste se traga cualquier tipo de logro, acontecimiento positivo e ilusión como si fuera un agujero negro, y por ello siempre vamos a necesitar más, y más y más..

Por lo tanto ese sentimiento de carencia, de que nos falta algo, es muy mal motivo para hacer las cosas. Porque nos lleva derechitos a ese bucle «he conseguido esto, pero ahora me falta otra cosa» del que es muy difícil salir.

 

¿La solución a todo esto? otra forma de encarar nuestros objetivos

Una manera más saludable de desear que sucedan determinadas cosas, y plantearnos propósitos, es desde la ilusión y el deseo de añadir.

Es decir, cambiar ese pensamiento de «quiero esto, porque me falta algo»o «si no consigo esto, no me sentiré valios@» por un sano impulso de crecimiento, de añadir nuevas cosas a nuestra vida. Es algo así como pensar: mi vida tiene cosas buenas, pero quiero que sea aún mejor. O: soy una persona valiosa y competente pero quiero trabajar estos lados de mí para ser más complet@.

Por otro lado, la ilusión, que sustituye a la desesperación por conseguir una meta, es el segundo antídoto contra el bucle de la insatisfacción. La ilusión implica abandonar esa dinámica típica de meternos presión para conseguir algo («cuánto más me esfuerce y me presione, mejores resultados voy a conseguir») y salir del sistema de premio/castigo («si lo consigo me siento muy bien y me premio, si no, me siento culpable y me castigo»). Ambas son formas sutiles de automaltrato que ralentizan el camino hacia nuestras metas.

La consecuencia de hacer algo con ilusión y desde el deseo de añadir (no desde la carencia) es, aparte un proceso bonito y amable, que no tenemos prisa. Sabemos que lo importante es transitar el camino. Es en el camino donde está el aprendizaje, el disfrute y la conexión con la vida. Más allá de que consigamos o no una meta (que, como hemos visto, nunca será «suficiente», cuando hayamos logrado una cosa siempre buscaremos la siguiente) lo interesante es lo que nos va sucediendo todo ese tiempo.

¿Te imaginas cómo sería tu vida, y cómo afrontarías las cosas, si aprendieras a desear y trabajar por tus objetivos desde el deseo de añadir y con ilusión? Sin apegarte tanto a los resultados, sin miedo a fracasar, sin sentirte horrible cuando falles, sin querer continuamente otra cosa mejor, sin impaciencia, sin sentir que te falta algo todo el tiempo… En serio ¿te lo imaginas?

 

Detectar cuando entramos en el bucle de la insatisfacción

Una forma fácil de averiguar si estamos en el círculo de la insatisfacción a la hora de conseguir lo que sea, es valorar cómo está siendo el camino hacia eso que queremos que pase.

¿Tienes entusiasmo, te sientes valios@, eres feliz en el proceso de conseguir lo que anhelas? Fenomenal, vas bien

¿Sientes ansiedad, frustración, incomodidad o desesperación, y te parece que sólo y exclusivamente cuando consigas lo que deseas estos sentimientos se van a ir? Ten cuidado, estás el círculo

¿Tienes ilusión por el futuro y avanzas sin presión, entendiendo que cualquiera que sea el punto al que llegues estará bien y habrá merecido la pena? Enhorabuena, vas bien

¿Sientes terror de no conseguir lo que te has propuesto, y piensas que no podrás recuperarte de esos sentimientos de derrota, o de lo que opinen los demás de tu fracaso? Ten cuidado, estás en el círculo.

¿Te mueve un sentimiento de querer mejorar y mejorarte tú, aunque sabes que tu vida es suficiente tal y como es? Perfecto, vas muy bien

¿Lo que te mueve es un deseo de llenarte, de que tu vida tenga sentido de una vez, de aplacar el vacío interior? Ten cuidado, estás en el círculo. El vacío interior sólo se llena con trabajo interior. Primero colma ese vacío, y después, con las fuerzas renovadas y la mirada ardiente de entusiasmo, ponte en marcha hacia esos objetivos maravillosos.

 

Y para terminar esta idea: ampliar la perspectiva

A veces nos enzarzamos en esta carrera de la insatisfacción permanente porque vemos la vida «muy en chiquitito». Nos enfocamos en el hacer y en el momento actual, cuando en la vida importa más el SER y los largos plazos.

Está bien, de vez en cuando, hacerse preguntas existenciales como:

Al margen de lo que tenga o consiga hoy, ¿qué tipo de persona quiero SER?
¿Qué va a tener importancia al final de mi vida?
¿Cómo hago para quererme más a mí mism@, lo que se traduce en tratarme bien, y querer más a los demás?
¿Qué hago para elegir ilusión y crecimiento, en vez de miedo y carencia?

Estas preguntas nos sacan de nuestro pequeño mundo y nos llevan a ver nuestra vida como un todo de muchos años y muchas experiencias, un todo con un sentido global.

Pienso que la mejor manera de plantearse objetivos con sentido es esta: atendiendo a quién queremos ser, qué valores queremos que rijan nuestra vida o qué queremos construir a largo plazo. Ni las prisas, ni las interferencias del entorno, ni la superficialidad, ni los convencionalismos tienen cabida aquí.

Resumiendo, ¿cómo salir del círculo desesperante de desear más, y más y más y estar siempre insatisfech@s?

Primero, reconóciéndonos en cada uno de los pasos que aparecen más arriba (siempre el primer paso antes de cambiar es tomar conciencia de lo que hacemos y nos perjudica).

Después, tomando la decisión de pensar diferente y comprometiéndonos con ella día tras día (el compromiso continuado es la clave del crecimiento personal).

En tercer lugar, empezando a eliminar de nuestra vida la presión, la culpa por los fracasos, la impaciencia por las metas, el compararnos con los demás y el sentimiento de que «necesitamos que pase algo» para ser personas valiosas y felices.

Podemos ir sustituyendo estas percepciones limitantes por la ilusión, la certeza de que aprenderemos algo sean cuales sean los resultados, el entusiasmo, el deseo de crecer y una completa y profunda aceptación.

Está en nuestra mano, ¡pongámonos a ello!

 


Créditos de la imagen: Train of Thought de acevvvedo via Flickr Creative Commons

 

 

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4 Comentarios

  1. Me ha gustado mucho. Simplemente por experiencia de vida (tengo más de 60), la mayoría de las cosas que escribes aquí, las tengo asumidas, pero la forma en que las expones, me las confirma y me ayuda a seguir creciendo como persona. Hablas de las prisas y la presión. Pues bien, lo que más valoro de la jubilación, es no tener prisas ni presión para nada (o casi)

    • Amparo Millán Responde

      Qué bueno que coincidamos en estas reflexiones sobre la vida, y que hayas llegado a los 60 con esa sabiduría adquirida a través de los años. Es tu momento para vivir de una forma más relajada y consciente, ¡disfrútalo!

  2. Verena de la Caridad García García (Vereluna) Responde

    Hola, esta página es estupenda, me gusta mucho porque nos hace reflexionar, pensar en dar soluciones a nuestras situaciones y nos ayuda para aprender a vivir con tranquilidad, armonía, paz y amor.
    Un abrazo, de todo corazón

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