Tú no necesitas tener una pareja, un amigo, un hijo, un alumno o un profesor que se crea perfecto y que «lo haga todo bien«.

Tampoco necesitas ser esa pareja, ese amigo, ese hijo, ese padre, ese alumno o ese profesor que busque, por encima de todo, «hacer lo correcto en cualquier situación».

 

Y es que el amor no es cuestión de corrección, rectitud o de no equivocarse. Aunque se venden muchos libros con títulos tan prometedores como «cómo ser un buen padre», «trucos para construir una relación inolvidable» o «el arte de ser el mejor amante», la verdad que aplicar tácticas de forma mecánica sólo sirve a nivel superficial.

Porque el amor es cuestión de conexión. Con uno mismo, en primerísimo lugar, y después con los demás. Si actuamos «desde fuera», siguiendo un código de conducta o unos valores determinados, es muy probable que nos estemos equivocando.

 

Os pondré un ejemplo. Estaba viendo un documental del canal Divinity sobre una estilista de moda en el día de San Valentín. Ella lo preparó todo a conciencia siguiendo los consejos de no sé qué experto. Eligió no ir a trabajar (porque suponía que es «lo que había que hacer» y pidió un majestuoso desayuno romántico para ella y su marido. Hasta aquí, la estilista muy orgullosa de sí misma. Mientras desayunaban y hablaban del día, su marido le sugirió que fueran a hacerse unos masajes juntos. Ella desdeñó con una sonrisa esa idea y le dijo: cariño, mejor vámonos de compras. Acto seguido, le entregó a su marido unos gemelos de Dior como regalo de San Valentín (un regalo caro y perfecto ¿no?) y siguieron desayunando tranquilamente.

 

Por supuesto, esta mujer pensó que hizo lo correcto: dejó su trabajo por un día, compró un regalo caro, pidió un fantástico desayuno para tomar en casa, propuso un plan en pareja. Pero… en ningún momento se paró a intentar averiguar qué quería o qué le apetecía a su acompañante, de hecho no hizo ningún caso a la sugerencia de masajes que le hizo. Es decir, esta estilista siguió todas las instrucciones acerca de «cómo pasar un día de San Valentín en pareja», lo planeó todo punto por punto con varios días de antelación, pero faltó conexión.

 

Nos pasa muchísimas veces en la pareja, que estamos tan empeñados en construir un plan «perfecto», tan volcados en que cada detalle sea especial, que se nos olvida mirar al lado a ver qué quiere, o qué le pasa, o qué opina nuestra pareja. Un viaje romántico, o una cena elegante, son un medio para el amor pero no el fin.

No intentes ser una pareja perfecta, mejor conecta con el otro
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En realidad, las lista de «las cosas que se deben hacer para ser un/a mejor … (lo que sea)» son perjudiciales y nos alejan de nuestra sabiduría emocional innata. En las relaciones humanas no hay nada que deba hacerse de una manera o de otra, cada persona es un mundo y necesita una cosa diferente, y a su vez cada uno de nosotros puede dar unas cosas pero no otras. La única guía deberían ser nuestros sentimientos auténticos (siempre que no estén muy reprimidos, claro, porque con tanta corrección social posiblemente hemos suavizado, o extinguido, la mayoría de emociones sinceras)

 

Otro caso en el que se ve cómo las buenas acciones, si no están conectadas con el sentimiento, no sirven de nada, es el caso de algunas personas solidarias. Éstas, llevadas por este deseo de hacer lo que se debe (nadie discute que ser solidario es una cosa muy respetable) trabajan afanosamente y hacen un montón de cosas, de acciones benéficas, sonríen todo el tiempo, se ponen a disposición de quien lo necesite y sin embargo… los demás no se sienten cerca de ellos. Es como si faltara algo, como si detrás de tanta actividad solidaria no hubiera una llama de amor, potente y generosa, que impulsara a darse a los demás, sino sólo… cómo decirlo… una obligación moral endeble, un supuesto «hacer las cosas bien» que no emociona, ni engancha, ni conmueve.

 

Si tenemos las mejores intenciones, y nos esforzamos en ser perfectos (en la pareja, con los hijos, con los alumnos, con la comunidad) pero estamos desconectados de nosotros mismos, y por ende de los demás, nuestras acciones se hacen automáticas, acartonadas, vacías. La fuerza del amor es mil veces más brillante y contagiosa que la de un deber moral. Ningún efecto significativo sobre otra persona proviene de algo tan soso como «actuar de forma adecuada». Ya lo decía San Pablo en la famosa carta que se lee en casi todas las bodas religiosas «si no tengo amor, de nada me sirve…«.

 

En definitiva, en las relaciones humanas NO HAY REGLAS predeterminadas. Lo único que necesitamos es empatía, SENTIR lo que nos pasa y lo que le pasa a la otra persona, y a partir de ahí ir jugando a dar y recibir: esto puedo darlo, esto no, en esto necesito ayuda, siento lo que está persona necesita o estoy completamente perdido y tendré que preguntar abiertamente. Cuando sustituimos la percepción singular por reglas o tácticas para «hacer todo bien», nos perdemos. Y además perdemos la humildad y la frescura en las relaciones.

 

En las relaciones de pareja no hay reglas predeterminadas. Lo único que necesitamos es empatía y conexión

 

Dicho esto…

Quizás nuestra pareja no quiera un regalo caro de San Valentín, o unas entradas para el teatro de moda, sino simplemente pasar un rato tranquilo, íntimo, sin interrupciones. Antes de lanzarnos a reservar los asientos para el teatro, tendremos que averiguarlo y no dar nada por sabido.

 

Quizás ese amigo no necesite que yo le solucione la vida, o que le dé buenos consejos, sino más bien que un día le escuche y comparta su inquietud aunque no pueda hacer nada. Tendré que bajarme del papel de auxiliador y del que sabe todo, para ponerme simplemente en el papel de un interlocutor empático.

 

Quizás mi hijo no necesite a un padre que crea que hace todo bien y no se equivoque, sino a alguien que le escuche sin juzgarle, que reconozca sus debilidades abiertamente y esté dispuesto a cuestionarse. Quizás en la relación padre/hijo los dos sean maestros y a la vez los dos sean discípulos.

 

Te propongo como sugerencia para San Valentín que, antes de proponerte hacer esto o aquello, conectes contigo (con tu alegría, tus miedos, tus bondades, tus mezquindades, tus recursos, tus limitaciones) y a partir de ahí, desde esta posición tan vulnerable, hables y escuches a los que te rodean. Y descubráis juntos cuál es el mejor plan para hoy.

¡Feliz día del AMOR!

 


Créditos de la imagen: Olessya via pixabay

 

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3 Comentarios

  1. Muy buen articulo. Estamos tan cegados con lo que se «debe» de sentir o de hacer que no nos paramos a intentar sentir o conectar con los demas.
    Sigue escribiendo asi. Me encanta leerte.
    Un saludo

  2. Muchas gracias por tus artículos. Me he sentido muy pero que muy identificada con este en particular. Gracias!

  3. Muy buen artículo, creo que uno de los inconvenientes es que nos basamos en seguir lo que hace la sociedad en vez de parar y escucharnos a nosotros mismos. Y lo peor es que cuando nos piden consejo (o lo damos sin ser pedido) en vez de recomendar que escuche a sí mismo le volvemos a decir que mire a la sociedad. Me recuerda al típico orientador de instituto que cuando estás en 4º de ESO venía a tu clase con una lista de «las carreras más y menos demandadas» dando por hecho que 1º estudiarías una carrera universitario y que 2º tendría q estar en la lista «buena»…

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